Publicada el 31 de marzo de 2016

Que el CO2 y otros gases de efecto invernadero, son un verdadero problema para el medio ambiente —y por tanto para nosotros— ya nadie parece dudarlo. En mayo de 2015 se alcanzó un nuevo récord histórico mundial, según la Noaa. El CO2 llegó a las 400 ppm (partes por millón) en la atmósfera, una cifra nunca antes vista desde que existen registros.

No hablamos de los registros modernos de medición atmosféricos, sino de los datos que se extraen de los cilindros de hielo. Esas 400 ppm no se habían alcanzado desde hacía unos 800.000 años. La liberación de estos gases y la saturación atmosférica, que conlleva la acidificación de los mares y el aumento del efecto invernadero (entre otros) lleva ocurriendo desde la primera Revolución Industrial. Y continuará en escalada hasta que cambiemos el modo en que obtenemos nuestra energía.

Los vehículos, la generación de energía para la red eléctrica, y la producción industrial son las tres grandes fuentes del CO2 y otros contaminantes atmosféricos. Y las ciudades se convierten en enormes emisores debido a la masificación de los vehículos que circulan a través de ellas.

Una ciudad emite millones de toneladas de gases invernadero al año, y los sumideros de carbono apenas sí han conseguido absorber la mitad de todo lo que hemos producido a lo largo del siglo pasado. Según James Butler, director de la División Global de Monitorización de la NOAA, «Se debería eliminar alrededor del 80% de las emisiones de combustibles fósiles para detener el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero las concentraciones de CO2 no comenzarán a disminuir hasta que se hagan, incluso, reducciones adicionales. Y, entonces, solo lo haría lentamente».

Habiendo alcanzado una concentración tan alta de partículas en la atmósfera, y habiendo elevado la temperatura del planeta 1 grado centígrado (de 2, en el que los expertos pusieron el límite hace unas décadas) resulta evidente que necesitamos cambiar algo.

 

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Jardines en azoteas, o techos verdes

Copenhague es un ejemplo para todos en este sentido. Nombrada Capital Verde Europea en 2014, tiene directivas muy rígidas sobre la construcción y la integración de sus edificaciones con la naturaleza. Desde hace tiempo, y siempre que sea viable a nivel técnico, los edificios planos de nueva construcción están obligados a ser cubiertos con jardines  en azoteas, lo que presenta ventajas bastante notables. Aunque el objetivo último de Copenhague es el de conseguir ser una ciudad sin emisiones de dióxido de carbono para 2025, la ciudad ya ha podido dar cuenta de los beneficios de tener 20.000 metros cuadrados verdes sobre sus cabezas.

Cada metro cuadrado de cobertura vegetal genera oxígeno que ventila la atmósfera, así como atrapa polvo en suspensión (dentro del cual se encuentra una alta concentración de CO2 y el NOX).[1] [2]

Además, disminuyen el riesgo de inundación al disponer de una capa absorbente que amortiguará las lluvias fuertes; reducen las temperaturas de la ciudad, con lo que todos sus habitantes gastarán menos en aire acondicionado; y protegen los edificios de factores como los rayos UV, que deterioran con relativa rapidez las azoteas, o los cambios bruscos de temperatura.

Incluso algunas de estas azoteas pueden ser usadas para cultivar frutos y verduras con las que alimentar con comida de temporada a los habitantes de las viviendas y edificios. Comida sana y regional que ha atrapado CO2 de la atmósfera.

Pero comparado con Toronto, Copenhague solo acaba de empezar. Toronto es líder mundial de espacios verdes en la urbe, con 1,2 millones de metros cuadrados sobre las azoteas. El ahorro anual para los vecinos con un jardín sobre la cabeza se estima en 1,5 millones de kWh al año.

¿Puede exportarse el modelo? ¿Podemos empacar un jardín y colocarlo en cualquier ciudad?

Cuando hablamos de Copenhague o Toronto, pensamos en ciudades planas de rápida adaptación a la bicicleta, con mucho viento para las turbinas eólicas y con una gran masa de agua junto a ellas que actúa como colchón para el calor. De modo que es relativamente fácil empezar a eliminar tráfico de vehículos y combinarlo con los jardines para reducir la contaminación. Pero, ¿puede llevarse este modelo «verde» a ciudades de todo el globo?

[1] «The Biofiltration of Indoor Air:  Air Flux and Temperature Influences the Removal of Toluene, Ethylbenzene, and Xylene», A.B. Darlington, J.F. Dat y M.A. Dixon, 2001.

[2] «Interior Plants: their influence on airborne microbes indide energy-efficient buildings», B.C. Wolverton y J.D. Wolverton. Nota del redactor: la primera afirmación de la frase de esta nota pertenece a la nota anterior, Darlington et al.

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Morten Kabell, vicealcalde para Asuntos Técnicos y medioambientales de Copenhague, asegura que «el modelo es perfectamente exportable. La mayoría de las ciudades europeas podrían hacer lo mismo, es una cuestión de prioridades, de voluntad política» y continúa, animando a los españoles, «No se puede calcar porque hay que adaptarse a la estructura de cada sociedad, pero es un modelo que puede funcionar en España o en Grecia. Todo el mundo puede hacerlo».

Resulta obvio que no todos los climas admiten un jardín. Ciudades en mitad del desierto o en lo alto de cadenas montañosas tendrán la problemática lógica de un clima no adaptado a una zona verde. Sin embargo, las zonas templadas (como casi todo el área europeo) con tejados planos admitirán los jardines en azoteas con un estudio previo de la cubierta. No todas las cubiertas han sido construidas para ser transitadas, por lo que no todos los edificios planos de zonas templadas podrían ser adaptados. Lo que sí queda claro es que cualquier edificio de nueva construcción puede plantearse la opción de prever este tipo de cubiertas, y diseñar en consecuencia.

Incluso para los edificios cuya cubierta no sea transitable o plana, siempre pueden existir alternativas a los jardines, como la colocación de placas solares o incluso zonas verdes inclinadas consistentes en poco más que arbustos pequeños en macetas. La vegetación funcionará igual tanto si los vecinos pueden acceder a ella como si el jardinero tiene que colocarse un arnés para podar.

Tenemos que tener en cuenta que los jardines pueden ser desde un manto de hierba a un estanque con árboles, y que cada azotea podrá ser convertida en la medida de sus posibilidades.

El coste de un jardín

Habida cuenta que un jardín sobre nuestra cabeza puede ahorrarnos dinero tanto en calefacción como en aire acondicionado y que protegerá el edificio de inclemencias del tiempo, parece lógico correr a la tienda más cercana a poner un tiesto. Pero un jardín en la azotea tiene su coste.

Echar algo de tierra y poner plantas por encima no es una muy buena idea. Para poder construir un jardín en la azotea, lo primero que debemos saber es si esa azotea aguantará su peso. Aunque parezca que las plantas pesan poco, cualquier proyecto menor echará entre centenares a miles de kilos de material sobre la cubierta. En caso de que el arquitecto del edificio desaconseje su construcción, quizá sea posible una adaptación, con el coste que ello pueda suponer.

El segundo criterio importante es el de la impermeabilización de la estructura de la cubierta. No tendría mucho sentido cambiar el coste en calefacción por el coste en reparación de goteras. Para ello, es necesaria una buena capa de impermeabilizante. Y sobre esta ha de haber varias capas protectoras y barreras anti-raíces, un manto de roca llamado «capa drenante», la capa de filtración o arcillosa y, finalmente, la tierra sobre la que se plantará.

A la obra inicial hay que sumar el mantenimiento regular del jardín. Y aquí no hablamos solo de jardineros o botánicos que nos ayuden a mantener sano nuestro verde, sino de ingenieros y técnicos que vigilen la instalación, humedades y grietas que puedan aparecer con el tiempo. El peso considerable de las capas y la vegetación oscila entre los 50 kg/m2 hasta superar los 250 kg/m2, lo que carga el edificio, haciendo posible la aparición de desperfectos que no hubiesen sido provocados sin el jardín.

¿Por qué en la ciudad, con el coste que supone?

Los jardines en las azoteas tienen un coste considerable para las ciudades, mucho mayor que dejar el jardín en el suelo. Entonces, ¿por qué no se ajardinan los campos circundantes a las ciudades para reducir la contaminación?

La respuesta está en la concentración de partículas por millón en la atmósfera en ambos puntos. Sobre las ciudades, la concentración de partículas en suspensión siguen grosso modo la forma de una campana. Las áreas más habitadas suelen tener mayor concentración, mientras que en los alrededores (con menos vehículos) se dan menos. Aunque cada ciudad y entorno urbano es diferente, suele darse esta distribución.

Si se coloca un jardín en una zona con bajo contenido de CO2, por poner algún gas, se recogerá muy poca cantidad en un lugar en el que ya de por sí la concentración no es tan preocupante como en el centro. Sin embargo, al colocar una zona ajardinada en el núcleo poblacional, se conseguirá retirar bastante más de una CO2 de una zona sensible.

Además, los beneficios no solo son para la salud. Factores como la ética, la imagen pública, y dar una reutilización social de espacios antes sin uso son hitos conseguidos para la alcaldía en un momento histórico de concienciación social. Esto, al igual que pasa en Amsterdam o Copenhague, atrae miradas sobre la ciudad, convirtiendo la mentalidad verde en una inversión en turismo y ayudas.

Construir un jardín no ha sido fácil en ninguna época, inclusive si se realiza a ras de suelo. Y en las azoteas es mucho más complejo y costoso. No obstante, hemos llegado a un punto de contaminación atmosférico tal que exige un cambio de paradigma que integre al ser humano en la naturaleza de la que forma parte y depende. Mientras que la mentalidad del siglo pasado corría por ciudades interminables cubiertas de hormigón, este siglo comienza con ideas renovadas en las que las plantas tienen cabida y, es más, son necesarias en nuestro entorno.

Imágenes | Benjamin Combs, Jeff Sheldon, Neslihan Gunaydin

Escrito por Marcos Martínez el 31 de marzo de 2016 con las etiquetas: Edificios Huella de carbono Jardines jardines en azoteas medio ambiente sostenibilidad Tendencias

Ya hay 1 comentario

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hace 2 años

Todos tenemos un pequeño hueco para plantar algo… luego solo queda cuidarlo para que crezca sano. Me ha gustado mucho leerlo.

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