Publicada el 7 de septiembre de 2017

Cuando escuchamos el término carretera nos imaginamos varias bandas de asfalto rodeadas de muros o barandillas de metal, con carriles bien delimitados de pintura blanca acompañados de señales que nos ayudan a mantener la seguridad.

Sin embargo, existen lugares en el mundo donde hay carreteras sin asfaltar. Hielo duro, cristales de sal, tierra o dunas son algunos de los materiales de construcción que utilizan para acompañar a los escasos vehículos que las transitan. Nos ponemos el cinturón, que va a ser un viaje movidito.

Carreteras de hielo duro y nieve comprimida

Si nos hubiesen preguntado hace unos años, pocos habríamos sabido decir qué eran las carreteras de invierno, un secreto bien guardado por temerarios camioneros que conducen sobre lagos y ríos helados durante los meses de invierno. Estos caminos llegan a extenderse a lo ancho lo que ocho carriles de autopista.

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Carretera de hielo del río Mackenzie, conocida como la Tuktoyaktuk. Canadá.

La serie de televisión Ice Road Truckers (Rutas mortales en su versión en castellano) arrancó en 2007, y el mundo fue por primera vez consciente de la peligrosidad de aquellas vías. Con diez temporadas,  sido todo un éxito.

Las carreteras de invierno, carreteras heladas o carreteras temporales son, más que autopistas, carreteras o caminos, pistas transitables durante los dos, tres o cuatro meses de invierno en función de la latitud. Surgen (porque no son construidas) en lugares tan inhóspitos como las zonas del norte de Alaska, Canadá, Rusia, el norte de China, Escandinavia, Estonia o Suecia, a medida que avanza el invierno.

La superficie por la que se conduce varía en función de la época del año y el lugar, y esto marca qué tipo de vehículos pueden circular por ella. En verano, cuando la superficie de la tierra o el permafrost se endurece, turismos y furgonetas pueden circular por algunas zonas:

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La Tuktoyaktuk, más al sur y durante el mes de julio

Sin embargo, la odisea llega con el frío del invierno, cuando los ríos y lagos empiezan a helarse. Tanto, que permiten el paso de camiones de 40 a 60 toneladas.

Cualquiera que haya pisado un charco helado y haya visto cómo el hielo cruje y acaba por fragmentarse en un centenar de cristales que permiten el paso de las botas hasta el fondo, comprenderá el peligro que supone circular por estas vías. Así como el grosor de hielo necesario para sostener 60 toneladas de camión.

Pero la naturaleza es maravillosa, y el hielo grueso un material increíblemente resistente a la compresión, capaz de desarrollar una carretera en poco más de una semana. La construcción de la misma con métodos tradicionales tales como el asfalto lleva muchas veces ese tiempo. Y, en algunos lugares, resulta imposible.

Parte de la peligrosidad de estas carreteras nace de la velocidad desarrollada por los camiones y su peso. En ocasiones, estos no pueden pasar de 25 km/h, cubriendo durante ocho horas tan solo 200km.

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En el boceto de arriba puede verse cómo cuando la rueda gira a una elevada velocidad, la capa de hielo que hay debajo tiende a ganar inercia en la dirección contraria al avance del camión. Esto hace que la zona que queda detrás de la rueda tienda a comprimirse, fomentando la fractura del hielo por compresión; mientras que la que hay delante se estira, creando grietas por tracción. Si un camión acelera y consigue rajar el hielo tanto delante como detrás de las ruedas, la placa de hielo podría desestabilizarse y girar sobre sí misma.

La Tuktoyaktuk, que podemos ver en ambas fotografías, no es ni la única ni la más conocida. Junto a ella están la Hay River, la Yellowknife, la Ingraham, la Tibbit to Contwoyto… Allá donde haya un lugar al que es necesario enviar material o recogerlo llegan estos camiones durante el invierno.

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Vista por satélite del río Mackenzie, carretera Tuktoyaktuk durante el invierno.

Son rutas que no aparecen en ningún mapa. Cuando uno se posa suavemente sobre el terreno capturado por satélite y echa un vistazo a la zona, rápidamente cae en la falta total de infraestructuras. Estas carreteras están rodeadas por naturaleza, y construidas por ella.

Carreteras cristalizadas de sal

Conducir por el hielo helado de ríos y lagos es peligroso, pero no lo es menos conducir por las carreteras (si es que pueden ser llamadas así) de los desiertos salados.

Hay cinco desiertos salados en el mundo con un tamaño suficiente como para que este se extienda hasta el infinito, llegando a encontrarse sus límites a varias veces el horizonte: Uyuni, en Bolivia; Grandes Salinas, Argentina; Atacama, Chile; Bonneville Salt Flats, Estados Unidos, y Etosha, en Namibia.

Todos guardan semejanzas que hacen que las rutas a lo largo de estas planicies supongan un reto: la carretera no tiene límites, en ninguna dirección. Aunque fotogénicos, (¿Quién no querría disfrutar de la vista de dos cielos como la que se muestra más abajo?) estos desiertos ponen a prueba a cualquier vehículo durante toda época del año.

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Salar de Uyuni durante el verano.

En los meses de calor, las superficies infinitas no reflejan las nubes. Aunque en desiertos como el Salar de Uyuni la temperatura del suelo no llega a elevarse demasiado, las placas fragmentadas de cristales de sal son un peligro para las ruedas de los vehículos que circulan por estas carreteras improvisadas. Quedarse tirado en mitad de un desierto sin agua es tan peligroso como suena.

Pero otros desiertos, como el de Atacama, conjugan estos baches de sal con temperaturas de 50ºC a la sombra, haciendo la conducción menos que cómoda. Es como un infinito de badenes salados con textura de tierra comprimida. A los baches constantes hay que sumar ruedas patinando cada pocos metros a medida que las costras de sal crujen y ceden bajo la presión del vehículo.

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Salar de Uyuni durante el invierno

Si en verano conducir es una molestia, en invierno, durante los meses de lluvia, el viaje por estas rutas es todavía peor. Las ruedas no pincharán por los cristales endurecidos por el Sol, pero una persistente capa de agua que reblandece el terreno hace imposible circular con nada que no sea todoterreno.

Además, la falta de referencias visuales (con excepción de la Isla Incahuasi, la Isla del Pescado o algún montículo similar que nos ayuda a diferenciar la tierra del cielo) hacen imposible la orientación. Todo el paisaje es un continuo, y resulta difícil localizar con seguridad la línea del horizonte. Más todavía adivinar alguna dirección.

Carreteras de tierra y arena

Lindando con muchas de estas zonas extremadamente saladas se encuentran varios desiertos del mundo que hacen las delicias de los fotógrafos y ayudan a poner a prueba los vehículos de competición. El Valle de la Luna, en Atacama, es una de esas regiones.

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Valle de la Luna, desierto de Atacama, Chile

Allí, muchas de las carreteras se conforman a medida que el ralo tráfico local y turista las va esculpiendo con el tiempo. Al igual que hace el viento y la lluvia con las rocas, los vehículos conforman senderos a base de pasar una y otra vez por los mismos lugares, que poco a poco van convirtiendo la arena compacta en tierra.

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Valle de la Luna, desierto de Atacama, Chile

Carreteras de tierra similares surgen en cualquier lugar seco y desértico del mundo, especialmente en la franja cálida que une Marruecos y Mauritania con Yemen y avanza hasta Nueva Delhi, en el norte de la India.

En no pocas ocasiones, las dunas de arena invaden estas pistas, por lo que el trazado se borra durante temporadas y vuelve a alzarse años después, cuando otra de estas carreteras ha sido tallada por las ruedas sobre el duro suelo.

Si nos internamos en los desiertos de arena, cualquier trazado de carretera se borra a los pocos días de haber pasado un vehículo por ellas. El viento y el poco peso de la arena se encargan de que así sea, haciendo muy difícil la construcción de una carretera con asfalto, pero también el marcado de cualquier tipo de recorrido. Las señales, simplemente, son engullidas por las dunas.

Acostumbrados como estamos a que haya una carretera entre cada dos localidades próximas, muchas veces ignoramos que existen lugares del mundo en el que las carreteras no son permanentes. O que sus condiciones cambian tanto de una época del año a otra que existen momentos en los que transitar esas rutas es imposible.

Lejos de estar construidas de manera artificial mediante materiales como el hormigón y el asfalto, tenemos la suerte de que estas carreteras brotan de la naturaleza. De otro modo, muchos lugares del globo serían completamente inaccesibles.

Escrito por Marcos Martínez el 7 de septiembre de 2017 con las etiquetas: Arena Asfalto carreteras Hielo Land Materiales Naturaleza Nature roads Tierra

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