Publicada el 21 de Octubre de 2016

Pulsamos un botón y el teléfono parpadea. Menos de un segundo más tarde, la información que deseamos aparece en pantalla. En esa fracción de tiempo, una serie de impulsos eléctricos ha recorrido el planeta hasta localizar el servidor donde está alojada la información, y otro la ha traído consigo al solicitarla nosotros. Menos de un segundo.

mapa-transatlantico

Escondidos en nuestros laboratorios modernos, estudiamos el mundo en la distancia, olvidando aquellos momentos en que el avance científico dependía de la aventura, del riesgo físico y de la lucha constante contra la naturaleza. Los tiempos en los que barcos de madera tendieron cables en el Atlántico Norte.

La tecnología punta de 1850

Desde nuestra perspectiva cuasi-instantánea de la comunicación resulta complejo imaginar las comunicaciones de 1850. Enviar una carta de Inglaterra a las Américas requería más de un mes y una pequeña fortuna personal. Si los vientos eran favorables, la misiva no se había perdido, y la persona al otro lado disponía de otra fortuna, un mes más tarde se obtenía una respuesta.

Enviar información era todo un logro. Mantener una conversación, algo para celebrar. Era por eso que las cartas eran duplicadas o triplicadas y enviadas a través de distintos barcos: ingleses, portugueses, españoles, e incluso italianos. Y se daban situaciones curiosas en las que la misma carta llegaba con espacio de años de diferencia según la vía elegida.

telégrafo óptico de chappe

Bajo esta perspectiva resultaba complicado, por ejemplo para Inglaterra o España, mantener un gobierno estable en sus colonias o simpatizantes. Incluso cuando estas eran accesibles por tierra. Desde aproximadamente 1800 existía algo llamado telégrafo óptico o semáforo: tres barras dispuestas en un alto que eran visibles desde varios puntos. Una cadena de ellas construyó el primer Internet de la historia:

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Línea de semáforos en Francia. Fuente: Microsiervos.

Pero resultaban inviables comunicaciones que podían ser interceptadas con tanta facilidad, que transmitían un símbolo cada 20 segundos y que requerían cientos de pasos entre (por ejemplo) París y Madrid. Para cuando eran informados de algún hecho, o bien este ya había sido solucionado o no había mucho que hacer. Si una colonia esperaba la contestación de su reino, quedaban meses inmovilizados. Todas las noticias resultaban igual de frustrantes en tanto que no se podía hacer nada. ¡Las más frescas habían pasado hacía un mes!

Ocurrió que para cuando la reina Victoria llegó al trono del Imperio Británico en 1837, las comunicaciones eran exactamente igual de rápidas que las de Julio César en el Imperio Romano. El telégrafo eléctrico era una necesidad: no se podía controlar una decena de colonias con cartas en barco que tardaban meses en llegar (si llegaban) o rutas a caballo.

Cayó Julio César y la Reina Victoria. Les separan dos milenios de historia, pero la tecnología náutica y de comunicaciones casi no había sufrido cambios.

En Europa, W.F. Cooke se dio cuenta esta necesidad, y en 1836 dejó su trabajo de cocinero, estudió física, y patentó su primer telégrafo eléctrico con ayuda del profesor de física Charles Wheatstone. En América, se repetía el esquema: Samuel Morse, ayudado por Joseph Henry, patentó su propio telégrafo.

Samuel Morse hizo avanzar el ferrocarril por toda América a toda velocidad, y Cooke ayudó por su parte a su avance por Europa. Para 1850 habían cubierto casi toda Europa y el norte de América. El problema era ese pequeño hilillo de agua al que llamamos Atlántico, y que dividía el mundo en dos. Ahora, hacían falta barcos para tender cables submarinos, el equivalente victoriano al proyecto Apolo.

Los barcos (de madera) de 1850

La tecnología en la construcción de barcos no había mejorado demasiado desde que los egipcios se deshiciesen del flexible bambú en virtud de la durabilidad de la madera, allá por el 3000 a.C. Cinco milenios durante los cuales las planchas de madera, que eran muy cortas, debilitaban la estructura, ayudando a las deformaciones y a que los barcos colapsasen sobre sí mismos.

Modo de enclaustrado de las planchas de un trirreme romano mediante espigas (tenon) y dovelas (dowel) (izquierda). Fuente: Wikipedia. Restos del Navío Nemi (I a.C.), sobre el que se ve en rojo el tronco “viga ayudada” y las deformaciones. Fuente: Wikipedia.

Los barcos más grandes tendían a formar una panza o engordar por el centro, además de curvar en la cubierta, haciendo que las puntas de los mástiles se acercasen. Para evitarlo, los egipcios usaron un junco largo y rígido de proa a popa que luego los romanos cambiaron nada menos que por un enorme tronco horizontal al que llamaron «viga ayudada».

Viga (árbol casi al completo, podríamos decir) que fue necesaria para que los primeros barcos lanzasen por su borda miles de kilómetros de cable telegráfico dos milenios después. Y sin la cual nunca hubiesen soportado el peso necesario para tender la primera línea de comunicación atlántica.

El primer cable oceánico de la historia

En 1853, con el eco del avance en los continentes, un hombre de negocios llamado Cyrus West Field trato de tender un cable por el Atlántico Norte saliendo de Terranova. Como conclusión, siete fallecidos y tres dimisiones (de una tripulación de diez), 60 km de tendido perdido, y una compañía arruinada.

Algo más fácil resultaron los mares interiores (Irlandés, del Norte, Báltico y Mediterráneo), que para 1854 estaban cubiertos de cables. Miles de kilómetros de ellos desde que el 28 de agosto de 1850 el Goliath, un pequeño remolcador inglés, cruzase el estrecho de Dover con los primeros 38 km (que un pescador cortó horas después pensando que había encontrado una nueva criatura marina metálica).

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Grabado de la costa de La Spezia (entonces Spezzia) con el tendido de un cable por el Mediterraneo el 19 de agosto de 1954. Fuente: The Illustrated London News (periódico)

Estos cables duraban una media de pocas semanas antes de que alguien los rompiese con un ancla o una red de arrastre, los pescase sin querer o dejasen de funcionar por causas desconocidas. Pero ni estar arruinado ni su nueva reputación detuvieron a Field, quien para 1856 había conseguido de la Corona Británica 3.500 km de cable, y el apoyo de los barcos de guerra Agamemnon y Niagara, que lo tenderían desde Valentia (Irlanda).

—¿Y si no tiene éxito? Y si hace un intento y fracasa, si su cable se pierde en el mar, ¿qué hará entonces?—inquirió Lord Clarendon, Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno Británico.

—Cargadlo a beneficios y pérdidas, y ponedme a trabajar para hacer otro—respondió Field.

Primer intento. 6 de agosto de 1857

Dicho y hecho. Varios meses más tarde, Field volvió a pedir fondos para un nuevo cable después de perder los primeros 539 km tendidos en el Atlántico Norte. El cable se partió tras esa distancia de la costa y fue imposible rescatarlo del fondo del océano. No fue hasta un año después, y mucho más dinero invertido, que los barcos de guerra Agamenón y Niagara fueron movilizados de nuevo.

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Agamemnon, barco de guerra botado en 1781 por la Marina Real Británica. Sus 91 cañones y gran parte de las mamparas interiores y carga tuvieron que ser desalojados para incluir cerca de 800 toneladas de cable, y varios cientos más en cubierta. Dibujo de 1857, con el cable en su interior. Fuente: The Story of Subsea Telecommunications & its Association with Enderby House

Segundo intento. 26 de junio de 1858

En la primavera de 1858, ambos barcos partían de mitad del Atlántico cada uno con un extremo del cable, y avanzarían hasta Terranova (Canadá) y Valentia por su cuenta. A las pocas horas de realizar el empalme entre ambos barcos se desató sobre el Atlántico la mayor tormenta registrada por aquél entonces. Duró una semana, y casi vuelcan ambas embarcaciones.

Consiguieron pasar la tempestad y, pocas horas después de empezar a tender el cable, este dejó de comunicar entre un barco y otro. De modo que ambos barcos acudieron al punto de partida solo para darse cuenta de que ambos seguían sosteniendo su extremo: el cable se debía de haber roto en el lecho marino.

Tercer intento. 26 de junio de 1858

Dejaron caer ambos extremos y empezaron de nuevo ese mismo día. Pero el tercer intento acabaría de nuevo en desastre. Los cables no dejaban de partirse, esta vez en el Agamemnon tras 320 km recorridos. La tripulación estaba agotada, casi no quedaban provisiones y apenas habían avanzado. Ambos barcos regresaron a puerto. A por víveres (y más cable).

Cuarto intento. 29 de julio de 1858

Field no se rindió, y consiguió un cuarto intento la mañana del 28 de julio de 1858. Esa misma mañana, justo tras empalmar el cable en mitad del océano entre el Agamemnon y el Niagara, se avistó un numeroso grupo de ballenas. Ante la sorpresa de los marineros, una de las ballenas se acercó para comprobar qué era el cable. Por suerte, se alejó sin demasiado interés.

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Dibujo del 29 de julio de 1858. Una ballena se acerca a mirar el cable que une al Agamemnon y al Niagara. Fuente: Wikipedia.

No exento de peligro, durante este cuarto viaje el Agamemnon casi se hunde en tres ocasiones, el cable de partió varias veces, y el contacto entre ambos barcos se perdió en ocasiones durante ocho horas. La tensión era tal que algunos marineros sufrieron brotes psicóticos y tuvieron que ser apresados.

Pero ambos barcos completaron sus respectivos recorridos con su extremo del cable. El 5 de agosto de 1858, los dos barcos llegaron a puerto, se realizaron los dos últimos empalmes, y ambos continentes escucharon atentamente.

El mundo fue uno, durante menos de un mes

El primer mensaje no llegó hasta casi una semana después, dado que ambos extremos tenían que hacer ajustes muy complejos, que el cable era de malísima calidad y que los ingenieros al mando de ambos extremos trataban de conectar sus patentes a cada extremo sin tener en cuenta que quizá este no soportaría sus invenciones.

Sin embargo, el 16 de agosto se envió (en un espacio de dieciséis horas y media) un mensaje de la Reina Victoria al presidente Buchanan de noventa y nueve palabras. Este párrafo tiene cincuenta y cuatro. El entusiasmo de los neoyorquinos fue tal que los fuegos artificiales incendiaron el ayuntamiento, y a punto estuvo de quemarse la estructura entera.

Unas semanas más tarde, el 1 de septiembre de 1858, Nueva York acogió a Cyrus Field con una enorme ovación y un desfile. No deja de resultar curioso que ese mismo día, cuando los equipos de limpieza retiraban la suciedad generada por la celebración, el cable dejaba de funcionar tras menos de un mes en servicio. Nunca se pudo enviar un mensaje más, y pasarían ocho años antes del siguiente intento.

Pero aquello no importó. En aquél momento se supo que era posible convertir el mundo en uno solo, y es muy difícil borrar de la mente de los ingenieros las hazañas de los que les precedieron. Siempre hay alguno trabajando y buscando embarcarse en un proyecto que traiga mejoras a la humanidad al completo.

Algunos miran hoy hacia arriba, hacia el espacio, y se preguntan si el próximo Field ha diseñado ya el proyecto, y quién construirá los Agamemnon y Niagara que nos lleven allí arriba.

 

Escrito por Marcos Martínez el 21 de Octubre de 2016 con las etiquetas: America America Barco Cable Cable Telegrafico Comunicación Historia Inglaterra innovación Reino Unido Tecnología Telecomunicaciones Transatlantico

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