Publicada el 14 de Mayo de 2018

El sistema de megafonía avisa de que el tren de levitación magnética ha llegado a la estación, y los viajeros empiezan a desperezarse y apearse del vagón. Hemos llegado a nuestra ciudad después del trabajo, y ahora vamos a casa en autobús. Cuando nos bajamos de este, caminamos unos metros y entramos al portal. Cogemos el ascensor y bajamos a nuestra planta, a muchos metros bajo tierra.

¿Imaginas vivir en la planta -100 o S100 (de sótano) de un edificio que se encuentre soterrado? Quizá no sea el sueño de mucha gente, dado que nuestra cultura valora el espacio abierto y las vistas; pero la tecnología podría solucionar esos pequeños detalles si construimos grandes rascatierras, un tipo de edificio “alto” que entra en el suelo como los rascacielos salen de él.

Nos estamos quedando sin espacio “hacia arriba”

Las grandes ciudades están saturadas de gente debido a la segunda gran ola migrante desde municipios más pequeños. Esto hace que la presión sobre el entorno ascienda y el espacio a compartir sea menor. Tanto, que el mayor crecimiento de los últimos 20 años ni siquiera puede darse en los núcleos urbanos, sino en sus inmediaciones.

En el mapa de abajo puede observarse los incrementos y decrementos de población en el periodo 1996-2015 en toda España. Buena parte de nuestro país se está despoblando nuevamente, como ya ocurrió durante el éxodo rural de la segunda mitad del siglo XX, con la diferencia de que ahora la población pasa de una ciudad pequeña a una ciudad más grande.

Llama mucho la atención cómo algunas poblaciones grandes, como es Madrid, no dan a basto a más crecimiento, y en 20 años “tan solo” han crecido un 9,59% en población. Sin embargo, a su alrededor se observa una corona verde con crecimientos medios del 100-500% en la Comunidad de Madrid; y un pico de 1414% en Yebes (Guadalajara). En otras palabras: nos falta espacio.

Las ciudades más densamente pobladas son espacios de mayor oportunidades laborales, como por otra parte lo han sido desde los grandes imperios del pasado, por lo que nadie quiere quedarse sin su oportunidad. ¿Qué hacemos cuando ya no podamos construir hacia arriba? En la actualidad, construimos hacia los lados, extendiendo las grandes urbes por el territorio, pero eso amenaza al entorno.

Es posible, aunque no es seguro, que haya un límite al área urbana y, llegado un punto, nos planteemos la opción de construir rascatierras en lugar de rascacielos. Todavía tenemos, de manera relativa, mucho espacio para construir. Por ejemplo, buena parte de las viviendas de las ciudades tienen menos de dos pisos de altura, especialmente en las afueras. Sin embargo, incluso construyendo varias alturas más pronto quedaremos desbordados, y las ciudades de Blade Runner no tenían pinta de saludables.

¿Por qué querría nadie vivir bajo tierra?

En la actualidad, construir un garaje en el primer nivel de un sótano es mucho más caro que levantar un segundo piso. Pero habida cuenta el precio que está tomando el metro cuadrado en muchas ciudades, no es descabellado que los sótanos empiecen a tener demanda si tenemos en cuenta que nunca antes los bajos habían tenido tanta salida en el mercado.

Simplificando mucho el problema del acceso a la vivienda, en una ciudad en la que haya diez edificios con diez pisos cada una y el metro cuadrado valga 1.000 euros (por redondear); añadir un piso extra en cada edificio en forma de sótano haría pasar de un total de 100 pisos a un total de 110 pisos, bajando a cerca de 910 euros/m2 el valor medio de los pisos, y un segundo sótano lo llevaría a la cota de los 830 euros/m2 debido a la oferta y la demanda.

Más espacio para habitar aumenta la oferta, y esta baja el precio. En otras palabras, vivir bajo tierra podría resultar muy barato, especialmente si tenemos en cuenta que los bajos son más asequibles que los primeros, y estos más que los segundos. Pero seguimos sin querer vivir bajo tierra. ¡No sa el Sol! Necesitamos luz, aire, vistas, ¿no? El pasado dice que no.

Las primeras ideas de rascatierras

Los rascatierras, o su concepto, es realmente antiguo. De hecho, la humanidad vivió en cuevas muy profundas, de cientos de metros de altura, mucho antes de empezar a construir las primeras chozas. Y antes que estas empezó a horadar la tierra. En el libro Civilizaciones bajo tierra (2017), Juan Jose Revenga habla sobre pueblos como la Ciudad Subterránea de Derinkuyu (Capadocia), que poseía cerca de 20 niveles bajo el suelo. Los edificios modernos no estaban allí, claro.

mapa de una ciudad subterránea
Fuente: Wikipedia

Dicho esto, las primeras construcciones verticales desterraron casi por completo la idea de las cuevas por varios motivos. Uno de ellos es que no es una idea trasladable a todo el globo, hay lugares en los que no se puede construir hacia abajo; y otro es que la tecnología no había alcanzado todavía un nivel en el que vivir bajo tierra resultase confortable. El ladrillo, además, abarató la estructura vertical, y dejamos las cuevas a modo de sótanos, fresqueras, despensas, bodegas, etc.

A principios del siglo pasado surgió de nuevo el interés por la arquitectura subterránea, y en la página escaneada de Every Science and Mechanics, de noviembre de 1931 (fotografía de abajo), podemos ver el diseño de un rascatierras cilíndrico diseñado con objeto de evitar seísmos, algo que la naturaleza hace muy bien pero nuestros edificios convencionales tienen que aprender. En contra lo que pudiera parecer, los rascatierras aguantarían muy bien los desplazamientos de la corteza terrestre.

artículo de periódico de rascatierras
Fuente: Modern Mechanix

Si nadie ha llevado a cabo una construcción similar es porque, de momento, no se ha visto la necesidad. Sin embargo, en el artículo Una revisión de la construcción subterránea hacia la eficiencia de la energía térmica y el desarrollo sostenible, publicado en 2015, se habla de cómo los earthscrapers podrían ayudar a la hora de construir ciudades más limpias tan solo teniendo en cuenta el impacto en climatización, que supone cerca del 40% de las emisiones de efecto invernadero. Los otros grandes focos de GEI son el transporte y la industria cárnica. Parece que vivir bajo tierra tiene algunas ventajas.

Ventajas y desventajas de vivir por debajo del nivel del suelo

Vivir bajo tierra tiene sus ventajas, no solo para defenderse de los animales o de otros pueblos, o evitar terremotos. A nivel térmico presenta mucha más estabilidad: a un metro la variabilidad diaria ronda los ± 5ºC, pero a más de cinco metros esta baja por debajo de ± 1 grados. Además, el interior de las cuevas o excavaciones suelen rondar los 17-23ºC, muy cerca del confort térmico, a diferencia que en el exterior, donde las temperaturas varían mucho debido a la rotación terrestre y la incidencia de la luz que llega del Sol.

Si hablamos de humedad, también vemos mejoras, ya que la humedad relativa del interior de una cueva ronda niveles del 50%, mucho más saludables que nuestros actuales aires acondicionados, que tienden a desecar el ambiente, o la contaminación ambiente de las ciudades, que no son precisamente buenas para nuestros pulmones.

naturaleza bajo tierra cueva
Fuente: Unsplash | Autor: Daniel Burka

Hace tiempo vimos cómo la arquitectura puede aprender de las termitas a liberar el calor del interior de los edificios, y hoy día podemos aprender de cómo calefactaban las ciudades subterráneas nuestros antepasados. Situando un horno de leña en la parte inferior de la estructura, disponían de canalizaciones (hechas a mano) que recorrían toda la ciudad, siempre hacia arriba de un modo similar a nuestros tiros de cocina. El aire caliente ascendía, calentando todos los hogares a su paso.

De construir edificios bajo tierra se podría hacer uso de otros sistemas de calefacción tales como la calefacción resistiva o, ya que estamos en el subsuelo, construir sistemas de geotermia, aprovechando el calor del subsuelo; o aerotermia, sacando partido a la energía del aire. O un mix. Construir circuitos hidráulicos para geotermia es algo sencillo que ya hacemos en la actualidad; y la aerotermia cada vez está más desarrollada, con rendimientos energéticos entre el 300 y 500%.

Pero no todo son ventajas. Cuando las personas vivimos durante muchos años en entornos literalmente cortos de miras, como cárceles estrechas o viviendas sin vistas en las que pasamos mucho tiempo, tenemos problemas para conservar la vista a larga distancia porque los ojos se adaptan a mirar objetos cercanos. Es algo así como una ceguera por adaptación al entorno, y transcurre a lo largo de muchas décadas. Si construimos earthscrapers, más nos vale que estos sean amplios, como veremos en algunos ejemplos más abajo.

Aunque suene extraño, la radiación que emite la corteza de la Tierra también puede ser un problema para nuestros cuerpos. Por ejemplo, el granito es un material radioactivo en baja medida si vivimos sobre él, especialmente si hay poca cantidad en el terreno. Contiene trazas nada despreciables de uranio natural, que es radioactivo; y de microburbujas de radón, también radioactivo, que a su vez se desintegra (en nuestros pulmones) dando como resultado polonio sólido (ídem). De construir rascatierras tendríamos que tener mucho cuidado con refuerzo del perímetro o con elegir el emplazamiento adecuado.

Algunas propuestas de rascatierras (no construidas)

ciudad de Sion bajo tierra Matrix
Fuente: Wikia

Muchos de los lectores reconocerán en la fotografía superior la ciudad ficticia de Sion (Matrix, 1999) en la que viven cerca de 250.000 personas y que no es otra cosa que un gigantesco rascatierras excavado en la corteza terrestre. Sin embargo, no es un diseño real, y nuestra tecnología dista mucho de construir maravillas como esta. Además, las máquinas todavía no se han alzado, y de momento los robots nos ayudan bastante. No hace falta huir bajo tierra.

Si queremos buscar ejemplos reales de ingeniería moderna tenemos que viajar a México, sobre la que el estudio BNKR Arquitectura diseñó su obra The Earthscraper en 2009, fruto de una competición para la capital. Nos hemos tomado la libertad de mostrar dos de sus fotografías, aunque puede verse el proyecto completo en el enlace anterior.

 

En la primera imagen se puede ver cómo quedaría la Plaza de la Constitución de México, llamada El Zócalo, que seguiría siendo transitable para los peatones. Los conciertos en DF sin duda bajarán los lúmenes en el interior de la estructura, ya que esta toma la luz solar. La idea de los diseñadores es la de instalar espejos reflectantes en el contorno del rascatierras, de modo que baste una mínima luminosidad atmosférica para que las viviendas queden iluminadas.

ciudad bajo tierra en mexico
Fuente: Bunkerarquitectura

En la segunda imagen (arriba) observamos lo que vería uno de estos transeúntes de la plaza que pasease sobre The Earthscraper (suponiendo que se atreva). En forma de zigurat invertido, esta ciudad en miniatura dispondría de todo aquello que necesitase para sus funciones diarias: supermercados, tiendas, parques, colegios, etc, con la ventaja de poder coger un ascensor y llegar, en 65 pisos, a la ciudad de México. Una maravilla.

¿Un rascatierras en Marte con luz artificial?

luz artificial bajo tierra
Fuente: Coelux

¿Ves el tragaluz de la fotografía de arriba? Hemos hecho trampa. No es un tragaluz, sino una lámpara en forma de ventana horizontal de la marca Coelux. Lo azul que se ve tampoco es el cielo, sino una simulación que engaña a todo el que pasa por debajo y “siente” el calor del Sol. Lo que ocurre es que no hay Sol, aunque la sensación térmica es la misma que la que da el astro rey.

Este tipo de lámparas, artificios que podemos colocar en una planta -5 de un parking y sentir que estamos a dos metros de la calle, tienen futuro en entornos bajo tierra. Hemos mencionado en un par de ocasiones que ansiamos no sentirnos atrapados entre paredes, y este tipo de ilusiones puede ayudarnos mucho, especialmente si nos da por salir de la Tierra. Si recordamos la primera película de Resident Evil (2002), los trabajadores de La Colmena, un complejo soterrado, tenían falsas ventanas que daban a espacios abiertos.


No podíamos cerrar el artículo, ahora que Elon Musk ha lanzado un descapotable eléctrico más allá de la órbita del planeta rojo, sin mencionar el impacto que tendrían los rascatierras en la colonización espacial. Marte es un buen ejemplo, con una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono (95%), nitrógeno (3%) y argón (1,6%). Este aire, sumado a la alta radiación solar sobre el planeta, no nos deja otra alternativa que vivir en cuevas. Como antaño, pero en otro mundo.

Venus no es mucho mejor si tenemos en cuenta una presión atmosférica de 90 atmósferas (lo que una prensa hidráulica capaz de aplastar un coche), una temperatura de por encima de los 426ºC (nos fundiríamos) y una atmósfera compuesta por sulfuros (ídem). De conseguir aterrizar, más nos vale meternos rápido bajo tierra.

Las lunas jovianas no son mucho mejor partido. Aunque Europa e Io parecen buenos lugares para ponerse a construir bases espaciales, la radiación de fondo de Júpiter haría complicado vivir allí. De nuevo, los rascatierras parecen tener la solución al problema migratorio, para cuando lo tengamos.

De momento los rascatierras no son más que un objeto imaginario que dibujamos sobre papel o en sofisticados programas digitales. Es más probable que tu barrio entero se encuentre a gran altura que el hecho de vivir bajo tierra. Al menos, de momento. Pero la necesidad humana y la tecnología han conseguido que otros objetos mentales, como los aviones, despeguen del suelo, así que no podemos descartar nada.

Escrito por Marcos Martínez el 14 de Mayo de 2018 con las etiquetas: ciudades Edificio población Subterráneo

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