The gladdest moment in human life is a departure into unknown lands.

Sir Richard Burton

Publicada el 1 de Julio de 2019

La llamada de la aventura encuentra en el ser humano una respuesta inversamente proporcional a su prudencia ante las circunstancias. Para alguien como yo, a quien el aburguesamiento de los años ha terminado por abortar todo propósito aventurero, el sentido livingstoniano de la existencia alcanza su momento cenital cuando el coche familiar enfila la N-4 a la altura de Despeñaperros camino de cualquier chiringuito en la Costa del Sol.

Para alivio y gloria de nuestra civilización, existe otro biotipo bien distinto de género humano que ha sabido labrarse destinos más airosamente aventureros. En este perfil encajan por méritos propios los pioneros de la aviación, unos prodigios del desequilibrio mental que elevaron a principios del siglo XX los horizontes humanos al transgredir, a costa de su integridad física, todas las leyes gravitatorias universales: desde el mito de Ícaro hasta los Principia de Sir Isaac Newton.

Fueron tipos como los hermanos Wright, Juan de la Cierva o Ferdinand Von Zeppelin. Como Manfred Von Richthofen -el Barón Rojo-, Ramón Franco quien a los mandos del hidroavión Plus Ultra voló en 1926 desde Palos de la Frontera a Buenos Aires- o el americano Charles Lindbergh, quien años antes de declararse filonazi completaría a bordo del Spirit of St. Louis el primer trayecto intercontinental en solitario de una orilla a otra del Atlántico.

El 14 de junio de 2019, se cumplieron 90 años de una de esas extraordinarias epopeyas aéreas. Se trata del primer vuelo sobre el Atlántico Norte que aterrizó en España tal día como hoy del año 1929. Lo anecdótico del caso es que el aterrizaje no tuvo lugar en un aeropuerto convencional: ni en las pistas de Barajas (el actual aeródromo de la capital española no se abriría al tráfico hasta 1931), ni en Barcelona, ni tampoco en la cuna de la aviación española, el ya centenario aeropuerto de Cuatro Vientos. Y no tomó tierra en un aeródromo -tuvo que hacerlo de emergencia en una de las playas más espectaculares del litoral cantábrico- porque el aeroplano llevaba en el fuselaje una carga adicional inesperada: al primer polizón de la historia de la aviación, el americano, Arthur Schreiber.

La historia del Pájaro Amarillo (L’Oiseau Canari)

Cuando en mayo de 1927 Lindbergh consiguió volar en 33 horas y 32 minutos desde Nueva York a París se llevó de paso los 25.000 dólares (374.000 dólares de hoy en día) con los que el magnate y filántropo Raymond Orteig había decidido premiar a quien consiguiera realizar esta hazaña aérea sobre el Atlántico.

La ausencia de incentivos económicos a partir de aquel momento no desanimó a otros aventureros, muchos de los cuales acabaron sumergidos para siempre en el océano. Escandalizado ante el largo centenar de siniestros ocurridos, el Gobierno francés de Raymond Poincaré tomó la decisión de prohibir el despegue de los vuelos transoceánicos desde su territorio, una determinación llena de prudencia que no encontraría reciprocidad en su homólogo estadounidense, que sí permitió la continuación de los vuelos en dirección contraria.

Y aquí es cuando entra en escena el protagonista de la historia: el millonario francés Armand Lotti, heredero de un imperio hotelero (un hotel parisino en la Rue de Castiglione hoy perteneciente a la cadena NH Hoteles sigue llevando su nombre) y empeñado en convertirse en el primer francés en inscribir su nombre en la distinguida historia de los vuelos transatlánticos. Ciego de un ojo debido a un accidente de caza, lo que le obligaba a conformarse con ir de copiloto (y aun así ilegalmente), Lotti contrató a Rene Lefevre como navegante aéreo y al experimentado piloto Jean Assolant para pilotar a los mandos de un Bernard-Hubert 191GR bautizado como l’Oiesau Canari y popularizado como Pájaro Amarillo.

¿Cómo sortear la severa prohibición del Gobierno francés de volar de Francia a Estados Unidos?: Pues aprovechándose de la permisividad del Gobierno de Herbert Hoover y volar desde Estados Unidos en dirección a la pista de aterrizaje del aeropuerto parisino de Le Bourget, ya que el celo prohibicionista del Ejecutivo francés no llegaba hasta el sanguinario extremo de impedir los aterrizajes en suelo galo.

Metidos en faena, Lotti, Assolant y Lefevre volaron primero en secreto sobre el Canal de la Mancha desde Francia a Inglaterra, desmontaron el Pájaro Amarillo en suelo inglés y lo embarcaron pieza a pieza a bordo del buque SS Leviathan con destino a los Estados Unidos.

Ya en territorio norteamericano, y después de algún primer intento abortado, llegó el gran día del despegue definitivo en la larga playa de Old Orchard, en el Estado de Maine. Era el 13 de junio de 1929, un día claro con unas condiciones de vuelo perfectas. Una marea de curiosos y periodistas se presentó en la playa para ser testigo del épico acontecimiento, retransmitido en directo por más de 100 emisoras de radio de una costa a otra de los Estados Unidos.

La primera preocupación de la tripulación era la carga del Pájaro Amarillo. En los primeros días de la aviación, el peso lo era todo. Cuanto mayor la carga, mayor la cantidad de combustible consumida. Un natural acongojo de última hora llevó a Lotti y Assolant a descargar 100 litros de combustible para aligerar en 90 kilos el peso del avión. Con la comida bien racionada, el único capricho que viajaba a bordo era la mascota Rufus, un pequeño lagarto de 20 centímetros que les habían regalado los vecinos de la zona.

Durante la larga ceremonia de despegue, entre los flases de los fotógrafos y los corrillos formados en torno a la intrépida tripulación, nadie cayó en la cuenta de que un hombre de unos 20 años, vestido con unos pantalones color kaki y una chupa de aviador prestada por su hermano, aviador en la primera guerra mundial, sorteaba inadvertidamente el cordón de seguridad que rodeaba al avión y entraba con sigilo a través de una escotilla situada en la parte posterior del Pájaro Amarillo. Era Arthur Schreiber, el primer polizón. ¿Pero por qué se subió el hombre? Parece ser que había hecho con sus amigos una apuesta testicular sobre sus agallas la noche anterior.

El despegue tuvo lugar a las 10:08h del jueves 13 de junio. La maniobra fue técnicamente perfecta, aunque después se habló de que el avión iba arrastrando ligeramente la cola por la arena. Tal vez fueron explicaciones retrospectivas, el caso es que el Pájaro Amarillo fue tomando altura hasta perderse definitivamente por la línea del horizonte.

Pasó la primera hora de vuelo. Todo iba a pedir de boca. Lotti, Assolant y Lefevre se las prometían muy felices cuando, de pronto, este último notó que algo le tocaba la espalda. Al darse la vuelta, contempló estupefacto a un joven presentarse muy respetuosamente ante ellos. Desde aquel instante, aún boquiabiertos, supieron que el peso de los cuatro junto al del pobre Rufus les impediría llegar sanos y salvos a París.

También era demasiado tarde para dar la vuelta a Old Orchard. En una entrevista al New York Times, Lotti confesó después que el primer impulso de la tripulación fue tirar al polizón por la misma escotilla por la que se había colado. Total, ¿quién iba a enterarse? Para alivio eterno de Schreiber, la discusión fue girando hacia posiciones menos homicidas. Qué duda cabe, en todo caso, de que allí tuvo lugar un debate de altura. Aún con la amenaza del salto mortal pendiendo sobre su cabeza, el polizón fue persuadido convincentemente de firmar un papel por el cual nunca trataría de aprovecharse de la justa fama que le reportaría el vuelo en caso de que salvaran sus vidas, un escenario que, en el instante que rubricaba su firma, no dejaba de ser una hipótesis remota.

Aterriza como puedas

Imagen del aterrizaje del avion Pajaro Amarillo en la playa de oyambre y un moton de personas rodean al aparato
Fuente: cronicasdeloriente.com

El Pájaro Amarillo empezó a quedarse sin combustible mucho antes de alcanzar las costas del continente europeo. A la altura de las Azores, Assolant decidió tomar un rumbo de unos grados más al Sur para evitar los fuertes vientos de cara que estaban vaciando más rápidamente si cabe el tanque del avión. El miedo circulaba a la velocidad del sonido del motor.

Pero la pericia del piloto condujo al aeroplano hasta el litoral del norte de España, una línea costera que aún no disponía precisamente de cartas de navegación muy sofisticadas y que sobrevolaron a vuelo de pájaro en búsqueda de un lugar para aterrizar. Nada parecía adecuado hasta que, de pronto, avistaron una playa con la anchura y extensión suficientes para intentar realizar un aterrizaje forzoso en condiciones semi esperanzadoras. Era la playa de Oyambre, un tesoro natural situado a medio camino entre las localidades montañesas de Comillas y San Vicente de la Barquera. Cuenta Alfonso de Senillosa -uno de los impulsores de la reciente restauración del monolito que conmemora aquella hazaña-, que, tras el primer estallido de júbilo al aterrizar sobre la arena al término de un vuelo de más de 5.000 kilómetros, la desorientada tripulación bajó del aparato con el temor de haber acabado en algún lugar perdido del planeta, lejos de toda civilización y, en particular, de algún lugar donde encontrar el combustible necesario para retomar el rumbo y completar la hazaña en París.

Para su estupefacción, la primera presencia humana que se encontraron nuestros protagonistas fue un distinguido grupo de exponentes de la alta nobleza española quienes, a última hora de la tarde, pulían su putt en los greens del Real Club de Golf de Oyambre. Este fue el primer campo de golf que hubo en España tras ser inaugurado en agosto de 1924 por el rey Alfonso XIII y que, casi un siglo después, continúa ubicado en la misma localización a pocos metros de las dunas de la playa de Oyambre, declarada parque natural en 1988.

Conocida la odisea, la playa cántabra fue durante varios días el centro de las portadas de toda la prensa mundial. Corresponsales de medios europeos, nacionales y estadounidenses acudieron a la localidad de Comillas para cubrir los festejos con que las autoridades de la zona agasajaron a una tripulación que ya había perdonado a su polizón -muy popular entre las señoritas locales- mientras esperaban que de Madrid llegara el queroseno necesario para continuar el viaje.

pajaro amarillo playa oyambre cantabria
Armand Lotti, Jean Assollant, René Lefévre y el polizón. Fuente: El País

Aquel accidentado trayecto, que felizmente llegaría a su destino final (el pájaro amarillo está hoy expuesto en el museo del aire y del espacio de Le Bourget), fue pionero en muchos campos de la aviación. Decimoprimer vuelo sin escalas en cruzar el océano Atlántico, fue el primero realizado por una tripulación francesa, batiendo además el récord de velocidad (105 millas por hora) y de distancia. Para los españoles, fue el primer vuelo de la historia entre Estados Unidos y España. Para los montañeses, el primer vuelo que unió América con el continente cántabro.

Escrito por José Sánchez Arce el 1 de Julio de 2019

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