Publicada el 11 de Marzo de 2020

Desde hace 25 años se celebra anualmente lo que se conoce como las COP: Conference of Parts. En dichas reuniones acuden los diferentes países del mundo para debatir sobre las medidas que se han de tomar con respecto al cambio climático. En la última edición, celebrada en 2019 en Madrid, no se pusieron sobre la mesa todas las propuestas esperadas, no obstante, este foro sirvió para poner en el debate público la necesidad urgente de actuar para combatir el cambio climático. Un factor a tener en cuenta en esta década que comenzamos será sin duda el papel que ocuparán las grandes ciudades, responsables del consumo del 80% de la energía mundial. Pero antes de hablar del gran reto que tienen las ciudades para reducir su huella abordaremos brevemente la historia de las cumbres climáticas hasta hoy en día.

Más de 25 años desde la primera Cumbre Mundial por el Clima

Tras la primera cita internacional en Berlín en 1995 se creó la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, siendo la COP el órgano de máxima autoridad con capacidad para unificar criterios a nivel mundial. En esta primera reunión se elaboró un mandato para impulasr directrices a lo largo de los años venideros, de manera que existiera un Protocolo de uso común que desarrollara las hojas de ruta a implementar por cada país. Anterior a esta fecha, se celebró en el 92 la conocida como “Cumbre de la Tierra” de Río de Janeiro, en la que se alertaba sobre los peligros de la emisión de gases de efecto invernadero.

De esta manera, el concepto de “cambio climático” ha ido evolucionando en sus contenidos a través de las distintas COP. Cada año se revisan las declaraciones que cada país ha efectuado de manera voluntaria sobre reducción de emisiones, así como las medidas de mitigación. La ciencia, a través del IPCC (International Panel of Climate Change), así como de las medidas adoptadas por los diferentes países han permitido capturar progresos y barreras de implementación a lo largo de estos 25 años.

Hasta 2020: Procolo Kioto Y Acuerdo De París

En 1997 se aprobó el mediático Protocolo de Kioto, que fue el primer gran acuerdo en el que se concretó la necesidad de reducir más de 5% la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) por parte de los países desarrollados. Este Protocolo finaliza justo en 2020. Ya en la Cumbre de París  de 2015 se tuvo en cuenta esta circunstancia para prever la necesidad de alcanzar un nuevo acuerdo.

Fruto de esta cumbre de París, se alcanzó un nuevo ‘Gran Acuerdo’, aprobado por la mayoría de países, que establece que zonas como la UE se comprometen a reducir hasta un 40% sus emisiones para 2030. Cada uno de los 195 países que lo suscribieron se comprometió a fijar objetivos más ambiciosos, contando con la ciudadanía y todos los sectores de producción y consumo. La idea es tener una hoja de ruta diseñada para alcanzar el año 2050 con un modelo de consumo, energético, de transporte, industrial, agrícola, ganadero y de ciudades libre de emisiones de gases de efecto invernadero. Todo un reto.

El principal compromiso del Acuerdo de París de 2009 consiste en evitar un aumento de la temperatura global por encima de los dos grados centígrados respecto a la era pre-industrial (ahora ya está por encima de un grado) y, si es posible, dejar esta subida por debajo de 1,5 grados. Para ello, se proponen una serie de mecanismos, algunos de los cuales ya han sido aprobados en las COP de 2016, 2017 y 2018.

El tiempo se agota: la COP25 en Madrid

Desde mi punto de vista, en la COP25 de Madrid, celebrada en diciembre de 2019, se tendría que haber rematado los retos pendientes para poner en marcha el Acuerdo de París a partir de este 2020. Sin embargo, la ausencia significativa de los conocidos como los ‘Big4 más contaminantes del mundo’ – USA, China, Rusia e India- ha dejado sin palabras a los responsables de casi la mitad de las emisiones mundiales. En este escenario los expertos nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Cómo construir un escenario factible sin la implicación de la mitad de los actores? Aparte de la ausencia de presencia de estos países, en esta cumbre ha destacado la falta de acuerdo que regule los mercados del carbono.

Pero no todos fueron malas noticias. Según la CEOE, hubo una fuerte implicación de toda la sociedad: sin duda, la presencia de la activista Greta Thunberg ha servido como ejemplo para buena parte de la juventud mundial. Entre los aspectos más destacados de este encuentro cabe resaltar la apuesta por los mercados de bonos verdes; la relevancia en el cambio en los usos del suelo; la biodiversidad o el gran problema del plástico en nuestros océanos. Ante una situación de agotamiento del planeta, hay que poner el foco en el valor de los recursos naturales.

En este sentido los países tienen que apostar por una transición justa: el que contamina paga, el que descontamina… debería cobrar, y el ritmo y la intensidad de las medidas no ha de ser igual en unos países que en otros, en unas comarcas y regiones dependientes al 100% en sus sectores productivos de los combustibles fósiles, o en las ciudades, eminentemente consumidoras de recursos. Una medida en este sentido es la nueva Ley de Cambio Climático Europea prevista para este primer semestre, así como la ampliación de los objetivos para 2030, de manera que se acelere la descarbonización de la economía prevista para 2050.

Objetivo 2030: descarbonización de las ciudades

Hoy en día afrontamos una nueva década que sin duda será crucial para el desarrollo humano sostenible. Nos iremos acercando al segundo cuarto de siglo para adentrarnos en las cercanías del incierto océano que conduce al fin del mundo y de la especie humana, fijado para 2050 por distintos gurús, es decir, la fecha de la descarbonización. Según Naciones Unidas, las ciudades consumen el 78% de la energía mundial y producen el 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Por ello, es necesario que los principales avances se produzcan en las ciudades, donde la gestión urbana se alzará como una disciplina que aglutine todos los puntos de vista necesarios para pensar en ciudades humanas, solidarias, saludables, neutras en carbono, inclusivas y naturalizadas.

Sin caer en la tentación de dejarse llevar por el pánico, es evidente que si podemos acoplar distintos adjetivos a las ciudades de 2020, son precisamente los opuestos a los que pretendemos alcanzar en tan sólo una década. Son objetivos tan ambiciosos, o más, que la descarbonización total en 2050. Las ciudades de hoy, o tal vez los ciudadanos que las habitamos, son profundamente inhumanas, insolidarias, poco saludables, altamente intensivas en producción de carbono y otros gases contaminantes, egocéntricas y, desde luego, ornamentadas no naturalizadas. Se construyeron para basar nuestro bienestar en el carbono, y la energía, el transporte y el consumo desmedido e imparable contribuyen a amplificar los adjetivos que las definen hoy.

Es cierto que la situación en la que nos encontramos es un punto de no retorno si optamos por la inacción. Pero las medidas que todo el planeta debe tomar para revertir la situación pasan indiscutiblemente por un cambio profundo en los hábitos de consumo, que, hoy en día, nadie parece estar dispuesto a abandonar. Para llegar a 2030 con ciudades más amables, menos contaminantes, y más eficientes en cuanto a los servicios ecosistémicos que producen de manera gratuita, debemos poner en marcha planes de acción que implican:

  • Cambios en los modelos de gobernanza: Profundos cambios legislativos que agilicen la toma de decisiones, que hagan más operativas a las administraciones, y que promuevan la innovación con fuertes incentivos fiscales.
  • Favorecer la colaboración público-privada: Para ello, se deberán alinear los diferentes intereses de todos los actores implicados, y poniendo en el centro a los ciudadanos.
  • Realizar políticas transversales: Los distintos departamentos deberán ceder competencias en favor de un bien común y superior (esto no va a ser fácil).
  • Poner en valor los activos que componen el capital natural: El agua (Objetivos de Desarrollo Sostenible 6), la acción por el clima (ODS 13) y la vida de los ecosistemas marinos y terrestres (14 y 15) son la base ambiental de la pirámide que sustenta los desarrollos social y económico, todos ellos componentes básicos de la sostenibilidad.
  • Proyectos concretos diseñados y planificados por grupos de trabajo interdisciplinares: Se deberán fijar objetivos diferentes para llevarlos a cabo. Movilidad sostenible, conectores ecológicos, sistemas de drenaje urbano sostenibles, calidad de la cubierta arbórea para combatir el efecto isla de calor y ser eficiente en cuanto al efecto sumidero de carbono, son algunas de las soluciones basadas en la naturaleza que se van a seguir promoviendo desde la COP de Glasgow, que se celebrará a finales de 2020.

Al final, el lema acuñado en los 70 de “piensa globalmente, actúa localmente”, estará en la década recién nacida más de moda que nunca. Es difícil entender que con pequeñas acciones seremos capaces de transformar la sociedad del bienestar que hemos montado hasta ahora en una sociedad del bienestar 2.0 – o bienestar 20.30-. Lo realmente trascendental es asimilar y comprender que el planeta no será capaz de sostenerse sin labores y propuestas tanto individuales como colectivas de toda la población mundial. Una labor que, sin duda, es el gran reto de la próxima década.

Escrito por José Luis Rodríguez Gamo el 11 de Marzo de 2020 con las etiquetas: Cambio climatico Conservación del medio ambiente Lucha contra la contaminacion Medio ambiente Reduccion de emisiones

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