Publicada el 11 de Agosto de 2020

París había crecido mucho desde los saqueos vikingos del siglo ocho. La ciudad ya no se podía contener dentro de los muros construidos entonces por el rey Odón, o quizá por Roberto I. Las fuentes no eran claras, pero eso daba igual. Lo que estaba claro es que la capital del reino necesitaba una nueva muralla. Los tiempos habían cambiado y había que reforzar las defensas, sobre todo, allí donde los muros antiguos se acercaban al río Sena.

Felipe II, “el Augusto”, hizo de la fortificación de París una de sus prioridades durante su reinado. Los trabajos empezaron, precisamente, por el punto más débil de las murallas alrededor del año 1190, poco antes de que el rey partiese a la tercera cruzada. Allí, donde las defensas de la ciudad se encontraban con el Sena, se construyó un fuerte. Una edificación austera, de planta cuadrada, con torres defensivas en sus esquinas y en el medio de cada lado. Y una gran torre en el medio del patio.

Nacía así el castillo del Louvre y se sentaban las bases de lo que, seis siglos más tarde, se convertiría en uno de los grandes museos de arte del planeta. Del viejo Louvre medieval quedan hoy pocos restos. Poco a poco, dejó de ser una edificación de extramuros para verse absorbido por una ciudad que no dejaba de crecer. Y empezó a ser cada vez más utilizado como residencia real en lugar de guarnición de defensa. Las primeras modificaciones al diseño original no tardaron en llegar.

Louvre 1830 Representación del castillo del Louvre alrededor del año 1380. | Wikimedia Commons/Theodor Josef Hubert Hoffbauer

La residencia real y la libertad

Durante la alta Edad Media y los primeros compases del Renacimiento se sucedieron las reformas, pero la gran reconstrucción llegó de la mano de Francisco I de Francia. Este rey, mecenas de las artes y las letras y enamorado del Renacimiento italiano, apoyó, entre otros, a Leonardo da Vinci. De hecho, fue bajo su reinado cuando el Estado francés se hizo con La Gioconda, hoy la pieza más famosa del Louvre.

Tras años de conflictos, Francisco I decidió devolver a París una importancia perdida y, en 1528, convirtió a la ciudad en su residencia principal. Entre otros proyectos, decidió reformar la vieja fortificación del Louvre, aunque nunca llegó a concluir el proyecto. Las reformas se sucedieron con el tiempo, construyendo nuevas galerías, patrios y edificios, hasta dejar el castillo irreconocible.

Incluso después de que el rey Luis XIV decidiese llevase la corte a la pompa y el lujo de Versalles, el palacio del Louvre siguió siendo utilizado como residencia secundaria. Fue además el rey Sol quien también ordenó completar las obras del llamado Cour Carré, un patio rodeado de pabellones y construido en el espacio que originalmente ocupaba el castillo del Louvre.

Louvre planos Fases de transformación del castillo del Louvre original en el Cour Carré actual. | Wikimedia Commons

Durante los 100 años que siguieron a la mudanza de la corte a Versalles en 1678, el Louvre fue poco a poco perdiendo protagonismo. Pero se volvería una pieza clave en la historia un buen día de 1789. La mecha de la Revolución Francesa prendía en París y la sede del gobierno regresaba al Louvre. Desde entonces y hasta 1870, los diferentes regímenes que controlaron Francia lo hicieron desde las salas del palacio de las Tullerías, parte del complejo del Louvre. Hoy, de este palacio apenas se conservan restos, ya que fue demolido en 1883.

En plena efervescencia revolucionaria, un 27 de julio de 1793, el Louvre recibió por decreto la misión que le acompaña hasta la actualidad. Ese día se crea el Muséum Central des Arts, inaugurado el 10 de agosto del mismo año. Tras el golpe de estado de Napoleón I en 1799, el Louvre fue rebautizado como Museo Napoleón, pero ya nunca abandonó su papel de centro mundial de las artes.

En medio de los vaivenes políticos de Francia, Eugène Delacroix pintaba uno de los cuadros emblemáticos del siglo revolucionario y otro de los iconos del Louvre: La Libertad guiando al pueblo. La pintura representa la revolución liberal de 1830, durante la cual, el palacio de las Tullerías fue saqueado, pero las obras de arte del museo se respetaron. Al año siguiente, el museo adquiría el cuadro.

La libertad guiando al pueblo, de Delacroix La libertad guiando al pueblo, de Delacroix. | Wikimedia Commons/Louvre

Un techo de cristal

Las reformas de Napoleón I fueron las últimas de calado que sufrió el conjunto arquitectónico del Louvre hasta bien entrado el siglo XX. Eso sí, los interiores si fueron adaptándose y modernizándose para acoger la creciente colección artística del museo. Hoy, cuenta con un espacio de expansión de más de 72.000 metros cuadrados en el que se muestran al mundo unos 35.000 objetos artísticos de todas las edades humanas. Su colección, más allá de las exposiciones, consta de 380.000 piezas de arte.

El Louvre es hoy el museo más visitado del mundo (9,6 millones de personas cruzaron sus puertas en 2019), y su historia reciente, desde el punto de vista arquitectónico, está marcada por la construcción de un gran techo de cristal.

Desde las últimas reformas en el siglo XIX, el Palacio del Louvre había mantenido una forma casi rectangular, dividida en el ala este, con el Cour Carrée y los edificios más antiguos, y dos alas al oeste que incluyen la Cour Napoleon y la Cour du Carrusel. En 1983, el presidente francés François Mitterrand propuso, como uno de sus grandes proyectos, renovar el Louvre, dejando todos los edificios como uso exclusivo del museo (el Ministerio de Finanzas se ubicaba allí).

El proyecto del arquitecto I. M. Pei, una gran pirámide de vidrio colocada sobre una nueva entrada en el centro del Cour Napoléon, fue el elegido. Con una base de 1.000 metros cuadrados y una estructura de metal y vidrio compuesta por 603 rombos y 70 triángulos transparentes, la pirámide del Louvre fue inaugurada en 1989.

Desde entonces, se ha convertido en una de las grandes atracciones del museo, junto a la Gioconda y el cuadro revolucionario de Delacroix. Fue diseñada con vistas a albergar 4,5 millones de visitantes anuales, pero las expectativas se quedaron cortas. Ocho siglos más tarde de que Felipe II, “el Augusto”, decidiese renovar las defensas de París, los cimientos de aquel fuerte se han convertido en uno de los grandes centros de la cultura global.

Escrito por Juan Samaniego el 11 de Agosto de 2020

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