Publicada el 4 de Junio de 2021

La vida se puede ver como esa complejidad que surge de las decisiones que vamos tomando tanto nosotros, como las personas de nuestro entorno. Desde las más nimias, como qué voy a comer hoy, hasta otras más determinantes, como decidir a qué quiero dedicarme profesionalmente o las personas que elijo para compartir mi vida. Todas ellas las fundamentamos, en mayor o menor medida, en información disponible. Al pensar lo que voy a comer hoy tendré en cuenta lo que me apetece, pero también lo que he comido últimamente, para mantener una dieta equilibrada. También consideraré si más tarde voy a hacer deporte, pues entonces comeré algo ligero. Quizás deba comprobar los ingredientes que tengo en la cocina. Sin apenas ser conscientes, estamos continuamente contrastando datos para tomar decisiones.

El mundo empresarial no es diferente. Todos tenemos ciertos objetivos que queremos cumplir, y para llegar a ellos organizamos los recursos disponibles y tomamos decisiones. ¿Entramos en este nuevo mercado? ¿Quién es el más indicado para liderar el proyecto? ¿Apostamos por esta nueva herramienta?

Sin embargo, no somos máquinas, no tomamos decisiones de forma automática y objetiva a partir de todos los datos con los que contamos. Siempre hacemos uso de nuestra intuición, unas veces con más peso que otras. Esta capacidad humana la hemos desarrollado evolutivamente a lo largo de la historia de nuestra especie. Básicamente consiste en reglas heurísticas que nuestro cerebro utiliza para llegar a una conclusión rápida, que no requiere de un esfuerzo importante para recopilar grandes cantidades de evidencias y razonamientos complejos. En la mayoría de las situaciones, funciona increíblemente bien, por eso ha sobrevivido, pero existen otras ocasiones en las que introduce errores graves y sistemáticos. Gracias al trabajo del Nobel en economía, Daniel Kahneman, y su colega Tversky, somos capaces de comprender en mayor profundidad estos sesgos que se producen repetidamente sin darnos cuenta. Este tipo de análisis del comportamiento irracional está relativamente extendido en el mundo de la inversión, sin embargo, no se suele encontrar tan frecuentemente en otros ámbitos de decisión como dentro de una empresa.

¿Qué tiene que ver todo esto con la analítica de datos?

Gracias a la revolución digital en la que vivimos inmersos, la disponibilidad de datos y herramientas para analizarlos son tales que podemos apoyar mucho más nuestras decisiones en hechos objetivos en lugar de hacerlo sobre la frágil intuición. Sin embargo, la realidad es que no lo hacemos muy a menudo. Nos fiamos de nuestra intuición cuando podríamos preguntar a los datos almacenados en nuestros servidores y tomar decisiones mucho mejor informadas, con menor riesgo e incertidumbre y sin apenas invertir esfuerzo en ello (que es lo que fundamentalmente evitaría la intuición).

La experiencia nos dice que uno de los puntos clave en reuniones con varios stakeholders reside en la capacidad de diferenciar las opiniones de los hechos y de las conclusiones contrastadas. Es normal que distintos responsables tengan perspectivas subjetivas diferentes, por eso siempre propongo comenzar presentando los datos objetivos y, una vez que todos estamos de acuerdo (no se puede discrepar de los hechos), es más sencillo avanzar y planear una estrategia común. Lo que ocurre normalmente es que cada persona tiene una visión parcial de la realidad, por eso empezar por ponernos de acuerdo en la información objetiva es un buen punto de partida. La mayoría de las decisiones complejas lo son porque nos faltan datos, ya sea porque no existen o porque no los usamos. Con información perfecta y un objetivo claro, no habría dificultad en escoger la solución óptima. Cada vez que ignoramos los datos y esperamos que la decisión sea la correcta estamos confiando en la suerte.

Un caso concreto: Light as you Need

Ilustremos con un ejemplo real cómo hemos potenciado nuestros servicios explotando los datos para tomar mejores decisiones. El mundo del alumbrado exterior ha estado, y está, en continuo cambio. Desde el hombre de las cavernas que utilizaba el fuego, pasando por la época moderna donde se desplegaron redes de alumbrado con gas, hasta la actualidad, donde en los últimos años se han asentado nuevas tecnologías de iluminación como el LED y se han desplegado sistemas de control en tiempo real a nivel de luminaria.

La pregunta que nos hicimos fue, ¿cómo podemos mejorar aún más este servicio? Lo que vimos es que uno de los factores clave de la operación en esta industria está basado más en la experiencia e intuición que en los datos: las curvas lumínicas. Podemos no ser conscientes, pero gran parte de los puntos de luz en la actualidad no iluminan siempre igual, sino que varían según la hora (por ejemplo, a las 4 a.m. esperamos menos personas y no será necesaria tanta luz como a las 10 p.m.). Sin embargo, esta variación de la luminosidad está programada normalmente de forma genérica y sin tener en cuenta las particularidades de cada zona. Hasta ahora este enfoque era razonable, porque recopilar información de la movilidad ciudadana era costoso y complejo, quizás inviable. Hoy en día este panorama ha cambiado radicalmente y somos capaces de adquirir ese tipo de datos con alta precisión y a bajo coste. Así, hemos analizado los índices de movilidad de los ciudadanos, a través de la información anonimizada de las conexiones de sus dispositivos móviles con las antenas de comunicación, para proponer unas curvas de luz más realistas y adecuadas a las necesidades reales.

El desarrollo de este nuevo modelo ha sido muy esclarecedor para nosotros y reafirma nuestra forma de pensar. Comparando las curvas de iluminación actuales con la movilidad real de los ciudadanos, comprobamos que hay diferencias notables. Incluso zonas en las que intuitivamente esperaríamos un comportamiento diferente, los datos nos devuelven a la realidad y nos permiten tomar decisiones mucho mejor informadas.

Para los ciudadanos se traduce en un mejor servicio. Para el ayuntamiento en una mejor gestión de recursos, reducción de costes y mayor capacidad de decisión. Y para nosotros es una ventaja competitiva y servicios de mayor valor añadido.

En definitiva, el proceso último de toma de decisiones no ha cambiado. Partimos de ciertos hechos objetivos, hacemos análisis sobre las hipótesis que planteamos y derivamos conclusiones. El cambio drástico en los últimos años reside en la enorme cantidad de datos disponibles que nos acerca a una comprensión mucho más completa de la realidad. Aquellos que son capaces de aprovecharlos para tomar mejores decisiones disfrutan de una ventaja en el mercado que cada vez abre una brecha mayor. No obstante, esta no tardará en cerrarse, porque los que aún quedan rezagados necesariamente tendrán que transformarse o desaparecer. No hay batalla posible mientras unos portan flechas y otros pólvora.

Escrito por Miguel González Pinto el 4 de Junio de 2021 con las etiquetas: Big data Estrategia empresarial Infraestructura urbana

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