Avión sobrevolando montañas nevadas
Aereo

¿Por qué hoy es más difícil que suceda lo ocurrido en ‘La sociedad de la nieve’?

01 de febrero de 2024

El 21 de diciembre de 1972, una noticia dio la vuelta al mundo: vivían. Algunos de los pasajeros del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, que se había estrellado en la cordillera de los Andes en octubre, habían sobrevivido al accidente y a dos largos meses en las frías montañas. 52 años después, una película española basada en este accidente puede hacerse con el Oscar a mejor película internacional. Y es que esta historia, que solo conseguimos creer porque realmente ocurrió, sigue impresionando tanto como el primer día.

‘La sociedad de la nieve’ presenta dilemas morales, desafíos y situaciones límite. Es prácticamente imposible verla sin preguntarse, primero, qué hubiera hecho uno mismo en esa situación. ¿Sobreviviría? Y, segundo, qué probabilidades hay de que algo así suceda de nuevo. ¿Podría repetirse un accidente de estas características?

Lo cierto es que los avances en el sector de la aviación hacen que un accidente como el de los Andes sea hoy muy improbable. La ciencia y la tecnología han mejorado los sistemas de previsión y los de seguridad. Te contamos qué aspectos han cambiado en la aviación desde los años 70 para hacer que accidentes como el de ‘La sociedad de la nieve’ sean hoy prácticamente imposibles.

Los aviones vuelan más alto

‘La sociedad de la nieve’ comienza con el entusiasmo de unos jóvenes jugadores de rugby que han conseguido un vuelo chárter entre Montevideo, en Uruguay, y Santiago, en Chile. “¿Qué otra oportunidad vas a tener de viajar a Chile por tan poco?”, preguntan a uno de sus compañeros, que permanece indeciso hasta el último momento.

Antes de subir al avión (tanto en la película como en la realidad), los viajeros se toman una foto con la aeronave. Se trataba de un Fairchild FH-227D, un avión turbohélice y motor de reacción. Hoy, en día, lo más probable es que se utilizase un avión con motor turbofán, que podría volar más alto y esquivar más fácilmente el punto fatídico en el que se estrellaron en los Andes.

Los aviones vuelan más alto por diversas razones. Una de ellas es que, conforme se aumenta la altitud, la atmósfera se vuelve más delgada, el aire opone menos resistencia y el viaje se hace más eficiente. La tecnología de los aviones modernos, con motor turbofán, les permite tener un mayor impulso específico a medida que hay menos aire.

Esto cambia la situación que se vivió en 1972 por dos motivos: por un lado, el avión volaría más alto desde un principio; por el otro, tendría más capacidad para elevarse en caso de encontrarse con un problema puntual. La tecnología hubiese ayudado a reaccionar más rápido y mejor.

Se hubiese previsto otra ruta

La capacidad de los aviones para volar más alto haría que, muy probablemente, hoy no se repitiese el recorrido que se inició en 1972. Pero los cambios no terminarían ahí. Realmente, toda la ruta sería diferente debido a una serie de mejoras tanto operativas como tecnológicas.

A la hora de trazar la ruta de un avión, se tienen en cuenta puntos de referencia conocidos como waypoints, a través de los que los pilotos están en contacto con los servicios de navegación aérea. En la actualidad, el sistema de waypoints está mucho más optimizado y permite tener una comunicación mucho más fluida y constante con los controladores. En los años 70 también existía esta comunicación, pero la tecnología fallaba más que hoy en día.

¿Y qué hace más optimizado este sistema? En primer lugar, los avances en las tecnologías de navegación. Los sistemas de posicionamiento global (GPS) y de gestión de vuelo hacen los waypoints más precisos y eficientes, permiten una mejor planificación de rutas y garantizan una navegación más precisa.

Entran en juego, también, los datos. Poder procesar grandes cantidades de datos en tiempo real permite ajustar los waypoints en función de las condiciones climatológicas y de tráfico de cada momento. Y a esto se suma la experiencia: hoy existe una mayor comprensión de los patrones de tráfico aéreo, lo que garantiza que se tracen rutas más directas y seguras.

Todo esto es fundamental a la hora de realizar vuelos sobre puntos complicados, como la cordillera de los Andes. En la película, uno de los pasajeros explica a otro que no debe preocuparse por el viaje en avión. Dibujando sobre un papel, le explica que no cruzarán en línea recta, sino que aprovecharán el hueco que deja un valle entre las montañas. Hoy en día, las opciones para encontrar la ruta más apropiada tendrían en cuenta muchos otros factores. Y contarían, también, con la seguridad que ofrece una tecnología impensable hace cinco décadas.

Los radares meteorológicos son mucho más efectivos

Los avances tecnológicos del sector de la navegación aérea están estrechamente ligados a los de la meteorología. Hoy es posible prever con antelación la formación de tormentas u otros fenómenos meteorológicos adversos que pueden afectar a la calidad de un vuelo.

Realmente, los radares llevan décadas evolucionando. Los primeros sistemas se desarrollaron durante la Segunda Guerra Mundial para detectar aeronaves, pero pronto se vio que serían realmente útiles para detectar fenómenos atmosféricos. Casi un siglo después, numerosas aerolíneas cuentan con una nueva generación de radares meteorológicos que utilizan tecnología avanzada, como controles automáticos y funciones intuitivas, para facilitar el trabajo de los pilotos durante las travesías.

En un vuelo relativamente corto, como el que une Montevideo con Santiago de Chile, la tecnología hace posible tener todo controlado. Esto, unido al resto de las mejoras en el sector de la aviación, nos hacen confiar en que accidentes como el de los Andes pasen a ser algo que en el futuro solo podamos ver en las películas.

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