Publicada el 26 de Julio de 2018

En España, a día de hoy, hay 165.483 kilómetros de carreteras, autovías y autopistas. Durante muchos años, sin embargo, entre los pueblos y ciudades no había más que caminos angostos y los restos de la ingeniería romana y sus vías. Pero un buen día del siglo XVII, se decidió que hacía falta mantener una red de carreteras afirmadas que se correspondiese con la estructura centralizada en el país. Tanta era su importancia, que se creó incluso un cuerpo especializado que dedicó su vida a cuidar, limpiar, reparar y vigilar las vías: los peones camineros.

De las calzadas romanas ya hemos hablado con anterioridad. Eran vías que cruzaban valles y atravesaban ríos. Carreteras sin apenas curvas y con poca pendiente. Auténticas obras de ingeniería de 2.000 años de antigüedad que sobreviven en nuestros días. Tras la caída del Imperio Romano, las calzadas fueron, durante siglos, las carreteras más avanzadas entre las principales ciudades europeas. El resto eran caminos labrados durante milenios por personas y animales.

En la Edad Media se registran de nuevo intentos de reglar y cuidar la red de caminos en España. Aunque eran esfuerzos incipientes, ya en el siglo XII el Honrado Concejo de la Mesta, la asociación de ganaderos castellanos, intentó regular la trashumancia y las medidas de las cañadas (fijaron la anchura máxima de estas en 90 varas). Los Reyes Católicos y los Austrias también apostaron por la creación de algunas vías y la protección y cuidado especial de otras, como el Camino de Santiago.

Pero llegaron las ideas ilustradas desde Francia y la dinastía de los Borbones decidió que ya era hora de establecer una red de carreteras afirmadas. Es decir, caminos con firme, una capa de guijo o de piedra machacada que servía para consolidar el piso. Estos movimientos fueron el germen de la actual red radial de carreteras del Estado.

Mapa con la red de carreteras de España en 1987
Imagen: Archivo del ayuntamiento de Durcal

La innovación de las carreteras

“La construcción y conservación de caminos es un objeto del mayor interés para un Gobierno, y por consiguiente debe llamar de continuo su atención, por cuanto del acierto y oportunidad en estas obras, resulta la mayor o menor facilidad de establecer o conservar un buen sistema de comunicaciones interiores […] que es el único medio de dar salida a las producciones de la agricultura y la industria”. Así arranca el capítulo dedicado a los camineros en la Guía General de Correos, Postas y Caminos, de Francisco Xavier de Cabanes, publicada en 1830.

A mediados del siglo XVIII había obras en marcha para unir Madrid con Andalucía, Cataluña, Galicia y Valencia. Si hacía falta, se allanaban montañas (todavía era pronto para los túneles), se secaban terrenos pantanosos y se tendían puentes. “Ya son pocos los caminos que quedan por hacer, o que necesiten de grandes y costosas reparaciones”, anticipaba Francisco Xavier de Cabanes (aunque los siglos posteriores nos trajeron un no parar de obras de comunicación).

Para el diseño y la construcción de estos caminos se nombró un amplio equipo de ingenieros de caminos, arquitectos y aparejadores. Para su cuidado y vigilancia una vez terminados, se creó el cuerpo de los camineros. Un cuerpo tan importante que incluso se ganó el derecho de llevar bandolera (la forma de decir, en aquel entonces, que podían ir armados con carabina). Y los peones camineros sobrevivirían, casi casi, hasta nuestros días.

Tres Camineros de Villamanrique, Ciudad Real, sobre un terreno con palas y uno de ellos sosteniendo un perro, en 1930.
Imagen: Fernando Cana

Una vida por y para las carreteras

“Para la conservación continua e inmediata de los caminos, se hallan establecidos en ellos y de legua en legua [algo más de 5,5 kilómetros] unos peones con el título de camineros, y uso de bandolera, que están encargados de practicar en la legua que les está señalada las recomposiciones que ocurran”, señala la instrucción aprobada por el rey Fernando VII en 1824. En ella se establecían ya, claramente, las labores del cuerpo de camineros.

  • Mantener el firme del camino. Igualar las rodadas de los carruajes con piedra o guijo. Tapar los baches y evitar que el camino se embarrase.
  • Cuidar que el camino estuviese siempre cubierto de guijo, un conjunto de piedras redondeadas de pequeño tamaño.
  • Liberar el camino y sus orillas de piedras de gran tamaño.
  • Limpiar las zanjas y las cunetas, así como las alcantarillas, para que no se anegasen.
  • Tener cuidado de los daños que se hiciesen en el camino y denunciarlos.
  • Recorrer el camino y estar pendiente todos los días, fuese cual fuese el tiempo, entre la salida y la puesta del sol. La única ausencia permitida era un día al mes para ir a recibir el sueldo.
  • Vigilar y detener a la gente de mal vivir o, incluso, apariencia de delincuente, para conducirla ante la justicia.
Casilla semiderruida en el término municipal de Nerja, Málaga.
Imagen: Pixabay

Las casillas: un símbolo que perdura

A lo largo del siglo XIX, las condiciones de los camineros mejoraron progresivamente. Se acortó el tramo que tenían que vigilar y se permitían ciertas horas de descanso al día, sobre todo en verano. Incluso se llegó a establecer un premio anual de 50 pesetas para el que mejor lo hacía. Pero la mejora más clara fue, en 1852, el establecimiento de que cada peón caminero contaría con una pequeña casa y un trozo de terreno cultivable en el tramo de carretera que tuviese que cuidar. Esta edificación se llamó casilla y muchas perviven hoy en día.

“La ubicación de la caseta, preferiblemente, debía estar en un paraje alto y despejado desde el cual pudiese divisar la vía de comunicación. Con agua abundante tanto para la limpieza de los individuos como de higiene ambiental al poder rodear la casilla con un arbolado para hacer más agradable la estancia de la familia de los peones en los fuertes calores del verano”, explica Elena de Ortueta Hilberath, profesora de la Universidad de Extremadura. Además, la mayor parte de estas casillas estaban decoradas con azulejos que indicaban la distancia a Madrid.

Durante la primera mitad del siglo XX, la profesión sigue regulándose. Cada vez había más carreteras y la llegada de los primeros automóviles cambia las necesidades de mantenimiento. Los peones camineros tenían que superar un examen para mostrar sus capacidades de lectura, escritura y aritmética, así como su conocimiento del reglamento de circulación de automóviles, y conservación de las carreteras.

Carretera de las Angosturas, en Priego de Córdoba, a principios del siglo XX.
Imagen: Archivo Municipal de Priego de Córdoba

 

Entre 1950 y 1960 el número de turismos se triplicó. Las carreteras fueron cambiando para adaptarse al incremento del tráfico y la llegada de maquinaria pesada cambió la forma en que se hacía el mantenimiento de las carreteras. Sin embargo, el trabajo que hacen las máquinas y los operarios no se aleja tanto del que, durante más de 200 años, desempeñaron los camineros: prolongar la vida útil de las infraestructuras y permitir que cumplan las mismas funciones para las que fueron ideadas ya por los romanos.

Escrito por Juan Samaniego el 26 de Julio de 2018

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