Publicada el 18 de Noviembre de 2019

Cuando Diego Velázquez dio por terminado el cuadro de Las meninas en 1656, los otros grandes pintores de la época ya sabían que se encontraban ante una obra maestra. Lo que desconocían era que el cuadro acabaría ocupando el lugar central de uno de los grandes museos de arte de Europa. Y que el edificio que lo albergaría todavía tardaría más de un siglo en levantarse en unos terrenos que, por aquel entonces, no eran más que prados silvestres.

La dinastía de Felipe IV, reflejado en el espejo de Las Meninas, tampoco duraría muchos años. Tras el reinado hechizado de su hijo y una guerra de sucesión que todavía resuena en nuestros días, se abriría un nuevo periodo de reinado borbónico. Con él llegaría al trono, ya en el siglo XVIII, “el Mejor Alcalde de Madrid”, también conocido como Carlos III. Fue bajo su mandato que los prados de un arroyo (el de la Castellana) se convirtieron en el gran paseo de la actualidad.

El 19 de noviembre se celebra el bicentenario exacto de la fundación del museo del Prado. La historia de su sede, el edificio Villanueva, empieza bastante antes. Pero ya ocupando un lugar central del proyecto de reformas ilustradas para modernizar Madrid (luz, saneamiento y embellecimiento arquitectónico). Ideado como sede del Real Gabinete de Historia Natural y tras un periodo como cuartel improvisado, el edificio del Prado empieza su historia un día de 1763.

Del Madrid rural al ilustrado

Desde que la corte se había mudado a Madrid en el siglo XVI, la nobleza había venido utilizando una zona conocida como Prado Viejo para disfrutar del ocio. El prado de los Jerónimos, el de Recoletos y el de Atocha eran los más populares. Eran zonas arboladas por las que discurrían varios arroyos, entre ellos, el de la Castellana. Con el tiempo, el Prado Viejo fue cayendo en un estado de abandono hasta que en 1763 las ideas ilustradas de la corte de Carlos III tomaron la forma de un nuevo paseo.

Conocida como la reforma del Salón del Prado, las obras dieron lugar a uno de los principales ejes de Madrid y configuraron la capital de España tal como se conoce hoy en día. Los bosques se convirtieron en jardines distribuidos en tres tramos separados por fuentes (Cibeles, Neptuno y Apolo). Los jardines se llenaron de palacios neoclásicos y de edificios científicos, señal de que la ciudad se abría poco a poco hacia una época de nuevas ideas.

Cuadro del Paseo de San Jerónimo El Paseo del Prado, pintura de finales del siglo XVII. | Fuente: Wikimedia Commons.

Junto al Observatorio Astronómico y el Jardín Botánico se levantó la sede de lo que habría de ser el Real Gabinete de Historia Natural y la Real Academia de las Ciencias. La construcción de esta colina de las ciencias fue encargada al arquitecto Juan de Villanueva, pero su propósito nunca se vería cumplido. Cambió el siglo y cambiaron las ideas. Pero la historia le tenía guardado un lugar importante al edificio Villanueva.

Cuartel improvisado y reconstrucción

Las obras de la sede principal del Prado tardarían 20 años en empezar. En 1785 se ponía la primera piedra del edificio. Poco después Carlos III fallecía y su hijo, con quien compartía nombre e ideas, prosiguió con la obra. El edificio estaba prácticamente concluido en 1808, pero nunca llegó a estrenarse. Aquel año, las tropas de Napoleón invadieron España y se desató la guerra de la independencia.

Las bóvedas del museo se convirtieron en sótanos para guardar el armamento de las tropas francesas. Y de forma recurrente el edificio se utilizaba como cuartel. Muchas de las cubiertas de plomo de los tejados acabaron fundidas en balas. Juan de Villanueva moriría en 1811 en plena guerra y viendo como su obra se caía a trozos.

Carlos IV había sido depuesto tras el motín de Aranjuez y su hijo Fernando VII había ocupado el trono tras la guerra. Pero las cosas habían cambiado. Las ideas ilustradas habían derivado en la Revolución Francesa y en la invasión napoleónica. Así que la política dio un giro más conservador y todo lo que se pudiese vincular con Francia cayó en desgracia. Aun así, quedaba algo de espacio para las ideas del siglo anterior.

La reina, Isabel de Braganza, usó sus dos años en el trono (fallecería dando a luz en 1818) para convencer al rey de que acabase alguno de los proyectos de sus predecesores. La idea de crear un museo de pintura ya había rondado la cabeza de Carlos III y también la de José Bonaparte, hermano de Napoleón y rey de España durante la guerra. Tras la reconstrucción del edificio a cargo de un discípulo de Villanueva, en 1819 quedó inaugurado el Museo Nacional de Pintura y Escultura.

Fachada de una de las entradas al Museo del Prado Fachada principal del Museo del Prado. | Fuente: Wikimedia Commons.

200 años y millones de visitantes

La primera exposición del museo tenía 311 pinturas, todas de pintores españoles. Sin embargo, entre sus paredes se guardaban ya 1.510 obras procedentes de los Reales Sitios y las colecciones de la corona. De este germen fue surgiendo una de las colecciones de arte más importante del mundo, con obras maestras como El jardín de las Delicias de El Bosco, El caballero de la mano en el pecho de El Greco, Las tres Gracias de Rubens o Las meninas de Velázquez, que por fin había encontrado su sitio.

No fue hasta mayo de 1920 que pasó a denominarse Museo Nacional del Prado. En los primeros 100 años de vida el edificio sufrió multitud de reformas y fue acumulando nuevas obras de arte. Desde su fundación, han ingresado más de 2.300 pinturas y gran cantidad de esculturas, estampas, dibujos y piezas decorativas.

De un museo discreto, el Prado ha pasado a ser uno de los más visitados del mundo. Según la lista anual de The Art Newspaper, en 2018 fue el decimotercer museo con más visitantes del planeta. Más de tres millones y medio de personas cruzaron las puertas del Prado el año pasado. Y muchas más se habrán quedado mirando a la icónica puerta de Velázquez que ideó Villanueva (y en cuya última restauración participó en su día Ferrovial).

Escrito por Juan Samaniego el 18 de Noviembre de 2019

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