Publicada el 8 de Julio de 2020

Corría el año 381 cuando Egeria abandonó a pie su hogar en la provincia romana de Gallaecia (en lo que hoy sería El Bierzo) para conocer el mundo. A través de calzadas romanas y muchas otras vías secundarias, cruzó los límites de Europa hasta llegar a Constantinopla y finalmente su objetivo: Jerusalén.

Aunque realizó algunos trayectos en barco, las carreteras fueron protagonistas indiscutibles del viaje de Egeria. Finalizaba el siglo IV y, aunque el Imperio romano de Occidente empezaba a desquebrajarse, su gran entramado de vías y calzadas seguía conectando prácticamente todos los puntos del mapa.

Un itinerario organizado

A finales del siglo XIX, el historiador italiano Gian Francesco Gamurrini rebuscaba entre códices, manuscritos y documentos de una biblioteca de Arezzo (Italia), cuando le llamó la atención un códice escrito en latín. Tenía dos partes: la primera estaba compuesta por fragmentos de San Hilario de Poitiers. La segunda, por lo que parecían cartas escritas durante un viaje a Tierra Santa en el siglo IV.

Esta segunda parte despertó la curiosidad del historiador. A pesar de que le faltaban varias páginas, enseguida pudo ver que trataba de la copia (realizada por un monje en el siglo XI) de una narración en primera persona escrita por una mujer. En ella contaba los lugares que visitaba y las personas que conocía a medida que avanzaba en su viaje.

Manuscrito Manuscrito de los viajes de Egeria (siglo XI), conservado en la Biblioteca Comunale de Arezzo (Italia). Lameiro (Wikimedia Commons)

Gamurrini comenzó una investigación para saber quién había sido la autora de estas páginas, la mujer que consiguió recorrer tantos kilómetros (a caballo, en camello, en burro y tras exhaustas jornadas a pie, como ella misma relataba) y viajar de Hispania a Jerusalén en un plazo de tres años. Finalmente dio con la figura de Egeria, una mujer de una familia probablemente acomodada de Gallaecia.

“Lo que sí queda claro es que era una gran dama. O al menos una mujer importante. Solo así se explicaría que pudiese disponer tan libremente de su persona y de su tiempo. Y que pudiera viajar de la manera en que ella lo hacía, sin problemas de dinero y en compañía de un nutrido séquito”, explica Carlos Pascual en el libro ‘Viaje de Egeria: el primer relato de una viajera hispana’. Se ha planteado también la posibilidad de que viajase sola, o en compañía de pocas personas, y de que contase con el apoyo de personas influyentes e incluso un salvoconducto firmado por el emperador Teodosio.

Lo que sí parece claro es que el viaje de Egeria no fue fruto de la improvisación. Su itinerario había sido cuidadosamente planeado y estudiado. Algo que, aunque pueda parecernos sorprendente, no era tan excepcional por aquel entonces.

Viajando por el siglo IV

Ya fuera por motivos políticos, económicos o simplemente por el placer de conocer nuevos lugares y culturas, el viaje estaba muy presente en las culturas griega y romana. Para reforzar su imperio, los romanos construyeron una gran red de calzadas que cubría gran parte del territorio y reducía considerablemente el tiempo de los trayectos. Estas calzadas eran usadas por el ejército, comerciantes, viajeros y también para el cursus publicus (el servicio de correo y transporte estatal). En total, se trataba de una red que cubría cubría unos 80.000 kilómetros.

Cada 20 o 30 kilómetros y siguiendo estas calzadas, solía haber casas de hospedaje o tabernas para el descanso de los viajeros. Eran tan comunes que algunos viajeros medían las distancias por número de paradas que había en el camino.

El Imperio romano El Imperio romano en su máxima extensión (siglo II). Jani Niemenmaa (Wikimedia Commons)

Con la llegada del cristianismo, a la curiosidad de los viajes se sumaron los peregrinajes religiosos, como el que inició Egeria. La viajera salió de lo que hoy es el Bierzo (en Castilla y León), tomó la red de calzadas y siguió por la Vía Domitia, localizada al sur de Francia, hasta llegar a la actual Italia. Allí tomó un barco hasta Constantinopla (la actual Estambul, en Turquía).

Una vez allí siguió hasta Cisjordania, en donde visitó lugares como Jericó, Belén, Nazaret y Jerusalén. En el año 382 continuó su viaje por Egipto, la montaña del Sinaí, Siria y, de nuevo, Constantinopla.

Monte Sinaí Monte Sinaí, al nordeste de Egipto. Vlad Kiselov (Unsplash)

En sus cartas, que dirigía a sus “dominae et sórores” (señoras y hermanas), Egeria narra con entusiasmo sus impresiones al conocer nuevos lugares y culturas. “Como soy tan curiosa, quiero verlo todo”, escribió en una ocasión.

Pionera en los relatos de viajes

Los textos de Egeria se interrumpen en la primavera del año 384, en Constantinopla. Quizá escribió más, pero se perdieron para siempre, o murió antes de poder iniciar el viaje de vuelta a Gallaecia. “Entretanto, señoras mías y luz de mi vida, dignaos acordaros de mí, sea que esté viva, o sea que haya muerto”, se puede leer en su última carta.

Egeria no fue la primera mujer que realizó un viaje de estas características, pero sí la primera en dejar constancia por medio de cartas. Escritos que nos muestran su valentía y disposición, pero también cómo era moverse por las carreteras del mundo hace más de 1.600 años.

Escrito por Tania Alonso Cascallana el 8 de Julio de 2020

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