Publicada el 15 de Julio de 2021

En un par de puntos de la amplia frontera que comparten Estados Unidos y Canadá, un antiguo teleférico cruza una línea física y otra invisible. Sobre las aguas turbulentas de la garganta del Niágara y su gran remolino de 38 metros de profundidad, el llamado Spanish Aerocar, o Whirlpool, lleva en funcionamiento desde 1916. El aerotransbordador es una de las atracciones del lado canadiense de las famosas cataratas, pero ¿qué tiene que ver con el mando a distancia?

Seis cables de acero suspendidos en el aire

La historia de la ingeniería tiene varias citas importantes en las cataratas del Niágara. La construcción del primer puente sobre el río, que empezó con una cometa, es una de ellas. Pero aquel viaducto colgante hace tiempo que dejó de formar parte del entorno. Sin embargo, el aerotransbordador sigue dando servicio a quienes quieren sobrevolar el río y se ha convertido en uno de los teleféricos más antiguos del mundo en uso.

El 11 de febrero de 1916 completaba su primer viaje. Se hacía realidad así un medio de transporte ideado a miles de kilómetros de distancia de Niágara. En aquel primer trayecto, a bordo del teleférico iban Gonzalo Torres y Polenco Antonio Balzola, en representación de la compañía que le había dado forma al invento, la Niagara Spanish Aero Car Company Limited. Pero en aquel grupo faltaba el ingeniero detrás del ingenio, Leonardo Torres Quevedo.

Todavía pasarían varios meses hasta que el Spanish Aerocar empezase a funcionar con regularidad, lo haría en agosto de ese mismo año. Desde entonces, el teleférico no ha dejado de moverse mientras la meteorología lo permite (está cerrado al público durante el invierno). Y, a pesar de que ha experimentado varias reformas en 1961, 1967 y 1984 sigue siendo fiel al diseño original de Torres Quevedo.

A lo largo de 539 metros de longitud sobre el Niágara, alcanzando una altura máxima de 61 metros, la cabina cuelga de seis cables de acero entrelazados de 25 milímetros de diámetro cada uno. El coche, que inicialmente era descubierto, pero ahora es completamente cerrado, está impulsado por un motor de 50 caballos de fuerza y alcanza una velocidad de siete kilómetros por hora

El sistema es capaz de mover a unas 40 personas de pie. Y, aunque cruza la frontera dos veces a lo largo de los 539 metros de recorrido, el teleférico conecta en realidad dos puntos de Canadá. Aunque no lo parezca, la conexión de todo esto con el mando a distancia está ya un poco más clara.

Un triciclo teledirigido

La trayectoria de Torres Quevedo no empieza ni acaba en Canadá. En 1902, 11 años antes de empezar el diseño del teleférico de Niágara, el inventor patentaba en Francia dos tecnologías: una para perfeccionar los dirigibles y otra para manejarlos a una distancia prudencial y poder hacer así todo tipo de pruebas de forma segura. 

Nacía así el telekino, un invento que superaría por mucho la trayectoria de los dirigibles. Y es que, tal como reconocía en 2007 el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE, por sus siglas en inglés), había nacido el padre del control remoto y el abuelo del mando a distancia. Después de meses de pruebas en laboratorio, llegó el momento de probarlo en un entorno real de tierra firme. Para ello, Torres Quevedo eligió un escenario conocido y un triciclo.

El frontón Beti-Jai, inaugurado en 1894 y recientemente rehabilitado por Ferrovial, tuvo muchos usos a lo largo de la historia. Uno de los menos conocidos fue como sede del el Centro de Ensayos de Aeronáutica, entre 1904 y 1906. Básicamente, el centro se creó para que Torres Quevedo pudiese poner a prueba sus inventos. Y así, en marzo de 1905, ante los profesores y alumnos de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, el control remoto de un vehículo terrestre se convirtió en realidad.

Tal como recogen en el IEEE, Torres Quevedo fue capaz de mover el triciclo hacia adelante y hacia atrás y hacerlo cambiar de dirección enviándole órdenes desde un transmisor de telégrafo inalámbrico desde una distancia de unos 30 metros. Después llegaron otras demostraciones con una pequeña barca en el estanque de la Casa de Campo de Madrid y con un bote en el Abra de Bilbao.

Ya en 1906 empieza a aplicar el telekino a su verdadero objetivo: poder probar las mejoras en los diseños de los dirigibles con seguridad. Y funcionó. Su dirigible fue desarrollado con éxito y más de 100 unidades serían operadas en la I Guerra Mundial por los ejércitos de Francia, Reino Unido, Rusia, Estados Unidos y Japón, fundamentalmente para tareas de inspección.

Para cuando se puso manos a la obra con el teleférico de Niágara, el control remoto era ya una tecnología conocida en todo el mundo y la fama de Torres Quevedo le precedía. Fue en aquellos años que el ingeniero también patentó varias máquinas de cálculo mecánicas, consideradas precursoras de los ordenadores. Una de ellas, el ajedrecista, se convirtió en el primer videojuego de la historia o, al menos, en su ancestro más reconocido. 

En los últimos años de su vida llegarían todos los reconocimientos formales. Miembro de la Real Academia Española y presidente de la Sociedad Matemática Española, también fue nombrado doctor honoris causa de La Sorbona y miembro de la Academia de Ciencias de París. Moriría en Madrid a punto de cumplir los 84 años, en 1936. Allí, en la calle Válgame Dios, todavía lo recuerdan como uno de sus vecinos ilustres.

Escrito por Juan Samaniego el 15 de Julio de 2021 con las etiquetas: Diseño e ingeniería Electronica Innovación Transporte de viajeros

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