Publicada el 5 de febrero de 2018

A los seres humanos nos gusta entender la evolución como una línea positiva, de menos a más. De menos a más inteligente, del Australopithecus al Homo sapiens, de Lucy a Neil Armstrong, de pobre a rico, de menos a más desarrollado, de la rueda al Hyperloop. Sin embargo, evolución, del latín evolutio, solo significa cambio, desarrollo, sin connotaciones positivas ni negativas.

A veces, contra lo que podamos creer, lo que parecen grandes decisiones mandan a toda una especie al atolladero y pequeños gestos sirven para cambiar el mundo. Así es como John Snow corrigió el rumbo de la humanidad y no precisamente gracias a ‘Juego de Tronos’. Una historia que merece ser recordada, así que empecemos por el principio.

Las diez plagas que duraron 10.000 años

En las últimas décadas ha ganado fuerza una corriente científica que define uno de los grandes saltos evolutivos de la humanidad como negativo o, al menos, no necesariamente positivo. La agricultura y la domesticación de plantas y animales pudo no ser tan buena como nos gusta pensar. Y tiene su porqué.

En su estado de cazador-recolector, el Homo sapiens, ya con sus técnicas e inteligencia medianamente desarrolladas, vivía como quería. Comía y bebía donde le venía en gana, se movía de lugar cuando se cansaba o se acababa el alimento y se encontraba muy cómodo en grupos pequeños, eminentemente familiares y fáciles de controlar. Así, a grandes —y muy generales— rasgos.

Sin embargo, el paraíso tocó a su fin, la abundancia de recursos dejó de ser tal a medida que aumentaba la población global y tocó reflexionar en busca de alternativas. De esta forma, los que aprendieron a cultivar plantas y a domesticar animales sobrevivieron mejor que los que seguían empeñados en recolectar, dando paso a una sociedad agrícola y sedentaria. Todo esto, comprimiendo varios miles de años en un párrafo, claro.

Por seguir en términos bíblicos, el fin del paraíso cazador-recolector dio lugar a la oscura época de las mil plagas. De la mano de la civilización y las ciudades, la convivencia con animales, el almacenamiento de grandes cantidades de comida y las dificultades para eliminar los desechos y la basura llegaron varios miles de años de pestes y enfermedades que hacían muy difícil la supervivencia, sobre todo durante la infancia. Malaria, viruela, gripe y sífilis campaban a sus anchas por la Tierra.

Peste negra en Florencia

El gran salto ¿adelante?

Así, sin saber muy bien qué hacer, preso de supersticiones y asediado por las pestes, estuvo el mundo hasta más o menos el siglo XVII. El meteórico desarrollo de la medicina en los 200 años siguientes marcaría un antes y un después en la historia humana. Pero, ¿cómo exactamente conseguimos doblar la esperanza de vida de la especie en menos de un par de siglos?

Ya casi llegamos a John Snow, pero primero vamos con otros dos señores, Robert Koch y Louis Pasteur, padres de la teoría microbiana de la enfermedad. Aunque ha sido criticada y matizada, la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, que señala a los microorganismos como causantes de buena parte de las enfermedades, sirvió para luchar contra muchas de las causas de la alta mortalidad del ser humano, sobre todo en edades tempranas.

“En un período de tiempo extraordinariamente corto se realizó la ingente labor de descubrir e identificar la mayoría de los microorganismos patógenos para el hombre y los animales”, señala en un artículo la microbióloga María Luisa Gómez Lus. Para entonces, ya en los albores del siglo XX, el enemigo estaba claro y la industria farmacéutica trabajaba a todo tren para combatirlo.

Para ser justos, es necesario matizar que, hoy en día, los patógenos microscópicos son considerados una de las principales causas de las enfermedades infecciosas, pero comparten protagonismo con otras causas como los factores genéticos, la nutrición, el estado del sistema inmunológico, el ambiente o la higiene.

John Snow y la salud del agua

Estamos en 1850, en una oscura y contaminada Londres en plena locura industrial. Abandonando el rural agrícola, miles de ciudadanos ingleses llegan a la capital en busca de nuevas oportunidades. Durante el siglo XIX, la ciudad superó ampliamente el millón de habitantes. Un millón de almas que sufría en sus carnes la falta de políticas de salud pública.

El antiguo puente de Londres

Aquí, en este tétrico escenario, un par de décadas antes de que Koch y Pasteur dieran forma a la teoría microbiana, tuvo lugar “uno de los primeros experimentos naturales en salud pública” y, seguramente, “uno de los más importantes de todos los tiempos”, como señala el nobel de economía Angus Deaton, en su ensayo ‘El Gran Escape’.

Motivadas por la teoría del miasma —si huele mal, perjudica a la salud—, las autoridades de Londres vaciaban las aguas negras de los edificios en el Támesis, creyendo deshacerse para siempre el problema. A pesar de ello, en 1854, Londres sufría una de las peores epidemias de cólera de las que se tienen registro.

El médico John Snow, uno de los más claros precursores de la teoría germinal, comprendió que el problema podía estar en el agua. No importaba tanto su olor, sino su contenido, en concreto, su contenido bacteriano. Así, Snow siguió las aguas fecales de Londres río abajo para descubrir que a las afueras de la ciudad se encontraba una de las dos plantas que surtían de agua a la población.

Las autoridades de Londres, en un afán de excesiva limpieza, estaban contagiando las aguas que después daban de beber a sus propios ciudadanos, reciclando la enfermedad y empeorando la epidemia de cólera.

Aunque Snow realizó un experimento detallado, sus datos no lograron demostrar de forma decisiva el origen microbiano de la plaga de cólera. Sin embargo, su capacidad observadora y su análisis de las aguas del Támesis pusieron los cimientos de la revolución que, todavía hoy en día, sigue sacando al ser humano del atolladero de las plagas infecciosas.

Campaña limpieza del Támesis en 1858

Entrado el siglo XX, muchas ciudades de Europa y Estados Unidos todavía no tenían un sistema de depuración de aguas fecales, a pesar de contar con los recursos para ello. Hoy, muchos países del mundo todavía sufren las consecuencias de ingerir agua contaminada por residuos químicos y biológicos por carecer de los recursos y la estructura necesarios para desarrollar políticas de salud pública.

Nuestros tatarabuelos prehistóricos nunca pasaban el tiempo suficiente en un lugar como para contaminarlo con sus desechos. Con el sedentarismo, la evolución nos puso en la senda de las enfermedades infecciosas. Desde antes de los tiempos de John Snow, las ciudades soportan los desperdicios de millones de personas, generación tras generación. Solo el tiempo dirá si el cambio que supuso el control y la depuración de las aguas residuales conseguirá modificar para siempre el destino de toda la humanidad.

Escrito por Juan Samaniego el 5 de febrero de 2018 con las etiquetas: Aguas residuales Tratamiento de aguas

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